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HACE MUCHOS AÑOS, CUANDO IBA AL Club de Ajedrez Lasker, oí un apunte que me gustó muchísimo.
Dos jugadores realmente malos estaban trenzados en tenaz batalla, y algún observador astuto comentó: “Los dos están perdidos”. El chiste, por supuesto, consiste en que en ajedrez (en realidad en ningún deporte que yo conozca) los dos adversarios pueden perder simultáneamente.
Bueno, en la actual campaña colombiana está pasando algo parecido. Santos multiplica las pequeñas astucias que reafirman su imagen de tramposo —la última, con la imitación de la voz de Uribe, es patética— mientras que Mockus se esfuerza desesperadamente por espantar votos que ya tenía en el bolsillo. Algún asesor le habrá dicho que había que desarrollar una arista pendenciera, para no parecer menos macho que Uribe. Ese hipotético asesor no se dio cuenta de que, en la letra menuda de las encuestas, los votantes del Polo lo favorecían a él abrumadoramente como segunda opción. Cuánta falta va a hacer un 5,6% en la segunda vuelta…
Yo entiendo perfectamente que los dos quieran perder: este gobierno deja una verdadera catástrofe y, como advirtió oportunamente Germán Vargas Lleras, ahora está rifando hasta la última silla Rímax antes de salir. ¿Quién querría montarse ahora a ese potro al que la mala literatura oficial llamaba “el solio de Bolívar”? Con todo y ese razonamiento, me hace un poco de falta una campaña sensata, profesional. Es que lo que tienen en común Santos y Mockus —quizás lo único, pues contra lo que se ha dicho tan repetitivamente sus visiones son bastante distintas— es la terrible, la obvia falta de maquinaria. El Partido de la U es sólo una coalición parlamentaria. El Verde… bueno, está verde. Así que estos equipos armados a la carrera dejan que sus candidatos se desgañiten y hagan lo que se les ocurra.
En las campañas profesionales, los asesores no dejan ni respirar a los pobres candidatos: están pendientes de que no digan burradas. Los vigilan, los protegen. Los esconden. Como en el edulcorado pero sonoro poema de Neruda, les dicen al oído “me gusta cuando callas…”. Los obligan a volver repetitivamente sobre los temas centrales, y —por fuera de ellos— a limitarse a amables generalidades, que atraen y no espantan. “A Gran Bretaña le esperan días mejores”, reitera, suave y sugestivo, David Cameron. Es un libreto que le escribieron tipos —y tipas— encallecidos en mil batallas. Gente que sabe, y que se juega el pellejo en cada una de ellas.
Esta práctica, que inevitablemente suscita todas las jeremíadas de cierta intelectualidad, tiene su profunda razón de ser. Primero, porque antes de gobernar hay que ganar. Segundo, porque entrena a los candidatos en un tipo de discurso que será esencial si triunfan: pues una vez lo hagan, será su obligación hablar en nombre de toda la ciudadanía. Y tercero, porque los civiliza en la responsabilidad y el control mutuo, mostrándoles que gobernar no es hacer lo que a uno le provoque o decir lo que a uno le llegue a la cabeza.
Se me podrá contraargumentar que los candidatos que contaban con algo de maquinaria ya se hundieron en estas elecciones. Rigurosamente cierto. Pero eso tiene sus explicaciones (que espero analizar después). Por el momento, me limito a subrayar los costos.
