Mataperros

Noticias destacadas de Opinión

Esta semana, el nuevo exabrupto escandaloso de la fuerza pública es que un militar torturó y mató al perro de su madre en Tuluá, Valle del Cauca. El soldado desmembró al perro con un arma cortante y a mordiscos. La policía ambiental lo encontró en flagrancia y su madre estaba desmayada. Parece un acto de sadismo y violencia excepcional, pero lastimosamente en los últimos diez años hemos visto varias noticias que cuentan cómo soldados y militares torturan y matan perros.

En junio de este año se conoció un video en donde el soldado Jhonny Alexánder Angulo lanza por los aires, desde una altura de 12 metros, a Luna, una cachorra de cuatro meses en Nariño. Angulo estaba acompañado de Joseel Duván Ibarra, Edwin Evelio Usama y John Fléider Ortiz, que fueron señalados como coautores. Todos prestaban el servicio militar. En noviembre de 2012 se filtró un video en donde los soldados del comando del Batallón de Infantería No. 27 de Magdalena “practicaban polígono” con el perro antiexplosivos de la institución, llamado Largo. El video muestra cómo los militares amarran al perro y luego le dan unos disparos. Los soldados ríen, el perro chilla, los soldados discuten si matarlo definitivamente o no y finalmente lo arrojaron vivo por un costado de la montaña. En diciembre de 2011 se filtró un video en donde soldados del Batallón Ayacucho de Manizales matan a un perro con disparos de fusil. En enero, también de 2011, se filtró otro video en donde unos policías le pegaban a una perra con una pala hasta matarla.

A diferencia de los crímenes contra seres humanos, la mayoría de estos delitos han sido castigados, en parte porque hubo registro y esto provocó un escándalo. Obviamente, cada vez que esto o cualquier cosa pasa, el Ejército dice que se trata de unas cuantas manzanas podridas, pero son demasiadas manzanas podridas y sádicas como para no preocuparse. Cinco casos en diez años, que sepamos, son suficientes para considerar estas formas de violencia como un tema recurrente.

Lo que estos casos muestran es que el Ejército y también la Policía son contextos en donde la violencia es celebrada y permitida. Que la mayoría de estos casos hayan sido perpetrados en conjunto muestra que la violencia y la crueldad también sirven como un factor de cohesión para el grupo. Las fuerzas armadas son un caldo de cultivo para las formas más violentas de masculinidad. No tendría que extrañarnos que muchos policías y militares sean también perpetradores de violencia doméstica, sexual e intrafamiliar contra las mujeres, y que otros muchos también sean feminicidas. Estas son las personas armadas que nos cuidan.

No solo es un problema la masculinidad violenta que se cuece en las fuerzas armadas. También es claro que hay una rampante negligencia en lo que tiene que ver con el cuidado de la salud mental. No hay evaluaciones periódicas que monitoreen a soldados y policías para garantizar que pueden portar armas y hacer parte de la fuerza pública, ni hay algún tipo de mecanismo para evitar a todos los psicópatas que se sienten atraídos por ejercer un oficio como este, en donde puedes abusar impunemente de animales y personas y además te dejan cargar un fusil.

Ni los problemas de salud mental se pueden esconder bajo la masculinidad violenta ni la masculinidad violenta se puede excusar por los problemas de salud mental. Son dos males paralelos que cuando se juntan dan lugar a historias tan escalofriantes y nauseabundas como las narradas arriba. Cuando, como ciudadanía, pedimos la abolición de las fuerzas armadas, o como mínimo su reforma profunda, lo hacemos porque sabemos que su violencia ni está ni ha estado jamás bajo control.

@Catalinapordios

Comparte en redes: