Por: Jorge Eduardo Espinosa

Me regala un autógrafo, don Chapo

Imagino la escena más o menos así: miércoles 7 de noviembre, una corte de Brooklyn en Nueva York, ocurre la selección de los 12 jurados para el juicio del mafioso mexicano Joaquín Guzmán Loera, el Chapo. Los candidatos, todos ellos inscritos en el registro electoral de Estados Unidos, son llamados a la sala del tribunal para la fase de preguntas conocida como “Voir dire”, hablar la verdad en latín. Las preguntas pueden ser sobre asuntos variados, ¿ha estado usted en la cárcel?, ¿tiene algún familiar condenado por un delito relacionado con drogas?, ¿ha tenido algún enfrentamiento con la policía?, ¿sabe usted quién es el señor Guzmán Loera?, contestada afirmativamente por todos salvo por una mujer de Etiopía, que movió la cabeza de un lado al otro para luego declarar “no tengo idea”. Así pasan los candidatos por el interrogatorio y se van descartando o afianzando dependiendo de lo que contesten. En ese proceso que antecede al juicio, ocurre de repente una situación inesperada: un hombre de mediana edad y pelo corto pregunta si es posible obtener un autógrafo del Chapo. Hay entonces un momento de silencio en el tribunal, una tos nerviosa en alguna banca de la mitad de la sala, luego un hombre que en susurros le pregunta a otro si le acaban de pedir un autógrafo al mafioso más mediático y, tal vez, más temido del mundo. El periódico mexicano Vanguardia reportaría luego que el Chapo haría “una pequeña mueca de satisfacción” cuando el juez Brian Cogan preguntó al hombre por qué quería un autógrafo del acusado y recibió como respuesta: “I am a bit of a fan”, soy un poco fan.

¿Quién era este hombre que quería llevarse a su casa un recuerdo del Chapo como si de un ídolo de la televisión o el fútbol se tratara? Sabemos que nació en Medellín y que luego diría que sí, que le gustaban las series de mafiosos y que tal vez por su origen sabía algunas cosas de la mafia. No sabemos si, en este proceso que se hizo público, sintió alguna vergüenza, algún bochorno, si le pasó lo que a veces le pasa a uno cuando hace o dice algo y luego piensa, qué carajos fue lo que hice. ¿Llegaría a su casa, una vez descartado como jurado, y se preguntaría mirándose al espejo o preparándose un tinto si lo que había pasado tendría alguna consecuencia? ¿Reflexionaría sobre ello? Nunca he creído en la obsesión puritana y algo bobalicona de andar pensando en que uno tiene la obligación de “hacer quedar bien a su país”, ni soy de la opinión de que las series de mafiosos hay que prohibirlas porque “qué horror cómo nos hacen quedar de mal”. Tampoco me ofendo cuando algún periodista sin ingenio hace un chiste facilón con la cocaína colombiana y nos caricaturiza como un país bordeado por polvos blancos. Creo, para escaparme de aquella tortura inútil del “qué dirán”, que cualquier persona medianamente inteligente entenderá que en Colombia, sí, hay mafiosos, sí, hay cocaína, sí, hay violencia, pero también muchas otras cosas que no tienen ninguna relación con ello. El problema de la generalización –el país de la mafia– está en ellos, los que lo creen, y no en mí, que cada día trato de entender la complejidad de nuestras situaciones.

Entender nuestros problemas, que son múltiples, como los de cualquier país, no se puede reducir a la fórmula repetida de una inevitable “cultura mafiosa”. Esto, claro, no quiere decir que no exista, quiere decir que ese “atajo conceptual”, como lo llamaba el exministro Alejandro Gaviria, no explica todos nuestros males, ni su diagnóstico es la solución para ellos. La anécdota del colombiano de Medellín pidiendo en uno de los juicios del siglo el autógrafo del mafioso, asesino y corruptor Joaquín Guzmán Loera demuestra, sí, que en nuestro país hay todavía mucha tolerancia con la violación permanente de las normas. María Elvira Samper, con quien trabajo cada mañana, me explicaba que en los 80 el fenómeno de la mafia no estaba en nuestra lista de prioridades –Escobar fue representante a la Cámara– hasta que asesinaron al ministro Lara Bonilla. Ese, tal vez, fue el punto de inflexión en esta larga historia de violencia que todavía no termina. El autógrafo nos dice también que hay un sector de nuestra población que sigue sin dimensionar el daño que la mafia le ha hecho al país. Que el individuo no solo lo desee en su corazón, sino que sea capaz de reconocerlo abiertamente, de verbalizarlo sin sonrojo, demuestra lo tanto que nos falta reflexionar sobre nuestras violencias.

Esta permisividad con la ilegalidad, con la permanente ruptura de las normas y las leyes, va más allá de la admiración a los mafiosos, a su modo de vida, a su ostentación. Empieza, creo, en cosas más pequeñas, en apariencia más insignificantes, en pasarse el semáforo en rojo porque “todos lo hacen”, en pasarle un billete de 20 o de 50 al policía a ver si me salvo de la multa, en tratar de evitarme la fila del banco, en no pagar el pasaje del bus… De repente lo que tenemos en Colombia no es una cultura mafiosa, sino una cultura de la ilegalidad que, después, puede derivar en culturas mafiosas. De repente el sujeto del autógrafo no sería capaz de organizar un combo de mafiosos que trafiquen, torturen y maten, pero se sentiría bien si puede, con su viveza, saltarse una o dos normas. Al fin y al cabo, “todos lo hacen”.

@espinosaradio

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