Por: Fernando Araújo Vélez

Me vendí

La verdad fue que abandoné a mi novio porque no comía como un príncipe, porque se llamaba Jonathan y no Juan o Sebastián, porque combinaba mal los colores y no hablaba de vinos y de langostinos, y en mi nueva posición, todo eso era fundamental.

Lo abandoné sin recordar, muy a pesar de que solía decirle que había coleccionado muchos momentos lindos con él. Besos, regalos, caricias. Lo tiré al canasto de la basura, porque además pronunciaba las equis de una forma horrible, como si fueran ts. Don Ramón me lo señaló. Por ahí fue que comenzó a abrirme los ojos. Que una reina no podía andar con un espantapájaros así, que una reina debía rodearse de otro tipo de hombres, que él velaría por mí y que eso, sólo eso, dejar a Jonathan, era lo que me hacía falta para que me dieran el título como la mujer más hermosa de la comarca. Mi sueño, ¿ve? Mi sueño allí, a un paso, a dos palabras nada más, “Te dejo”.

Hace poco un periodista de radio me preguntó si fue cierto que en el concurso me habían obligado a terminar con mi novio, y que si lo había dejado. Me agarró a contramano el tipo. Después de titubear, le contesté que sí, que no. La embarré, lo sé, pero me salvó el moderador del programa, que cambió el tema y empezó a preguntarme por mis próximos planes. A mí aún me duele lo de Jonathan, cómo lo voy a negar. Me duele por él, por los dos, por lo que vivimos y, sobre todo, por las promesas que le hice, porque le juré que si llegaba a ser importante, iba a trabajar por la gente de mi pueblo, por la gente negra como yo, los de mi tierra, los marginados, los eternamente olvidados. Que iba a ser la voz de los que no tienen voz. Se lo juré una noche de amores, una noche que no olvidaré mientras viva. Le prometí que aprovecharía los micrófonos, siempre, para denunciar las injusticias y rescatar nuestra historia.

No lo hice. No lo hice nunca. Me vendí, lo admito. Me vendí por el título de la mujer más bella y sus prebendas. Un sueldo, una casa, comidas, viajes, ropa linda, nueva, y otro novio, otro novio, como otra ropa. Me vendí. Vendí mis horarios, porque me obligaban a salir cuando ellos querían. Vendí mi cuerpo con ropa extraña y perfumes franceses. Me vendí, aunque todos los días, como ahora, me decía que más tarde o más temprano iba a cumplir mi vieja promesa. No lo hice, y aunque digan que nunca es tarde, ya es muy tarde para mí. Jamás podré ni borrar ni olvidar lo que hice, pues fui consciente de mis decisiones. El otro día, el periodista de antes, el de la pregunta sobre mi novio, me propuso que contara mi historia en su emisora para redimirme en algo y para que no se repitiera con alguna otra. Le contesté que no. Por miedo o por vergüenza o por lo que sea, pero le contesté que no.

 

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