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“O cambiamos o nos cambian”, dijo Fabio Valencia hace 20 años en su discurso como presidente del Congreso para posesionar a Pastrana en el periodo 1998-2002.
Pero casi nada cambió en el poder legislativo, ni en la política, ni en la sociedad colombiana de ese día a hoy, distinto a que ya no está Fabio Valencia, pero está su hijo Santiago. Y está el hijo de José Name Terán, el de Luis Alfredo Ramos, el de Rodrigo Lara, el de Fuad Char, el de Horacio Serpa, el de Óscar Tulio Lizcano, el del gordo García y Piedad Zuccardi, el de Miguel Pinedo, los de Galán, el hermano de Musa Besaile, el de Habib Merheg, la hermana de Odín Sánchez, la prima de Alejandro Lyons…
Cambiaron las caras pero ni siquiera cambiaron los apellidos. Y las intenciones, menos. Al contrario, todo empeoró.
Ernesto Macías, como presidente del Senado, lo demostró con su discurso de posesión al presidente Duque, no por mentiroso al plagarlo de cifras mal acomodadas, ni por haber hecho quedar al país como un lugar en ruinas (esa intención la dedujeron hasta The Economist y Newsweek), sino por desnudar sin disimulos que está ahí para servir a los intereses de un jefe, y hacer lo que él ordene. Y si faltaban evidencias, la semana pasada Macías expidió una resolución para cambiar los requisitos en la escogencia del nuevo contralor, y eliminar la prohibición de que los aspirantes tengan vínculos con algún miembro del Congreso; un giro en las reglas del juego que favoreció de forma descarada a José Félix Lafaurie, esposo de la senadora Cabal, y candidato de Uribe a ese cargo.
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Fabio Valencia también cambió en los últimos veinte años: de ser un antiuribista convencido, que denunciaba las artes oscuras del entonces político liberal y que casi se da “en la cara, marica”, con Uribe en la Registraduría de Antioquia, cuando este se quedó con la Gobernación por unos pocos votos, de ser un antiuribista rabioso pasó a ser un escudero de primera línea del expresidente. Es que la política es dinámica… y es asquerosa.
Por eso, hace siete años Andrés Pastrana sugería que Uribe era un corrupto, paramilitar y narcotraficante y le recordaba los nexos familiares de José Obdulio (otro alfil) con Pablo Escobar, y hace un año fue con él a saludar de lejos a Donald Trump en un club en la Florida, para presentar luego ese “hola” como “una charla franca y constructiva”. Y Gaviria en el 2009 aseguraba que Uribe se estaba volviendo un dictador, y hace cuatro años le gritaba con su voz de adolescente que va a cambiar de voz: “Uribe mentiroso, Uribe mentiroso”.
Y Uribe, Pastrana y Gaviria se tomaron una foto esta semana porque ya son los mejores amigos y la prensa lo tituló como “un acuerdo para el fin de la polarización”.
Yo sí creo que Colombia está en ruinas, pero no en el sentido de Macías porque inclusive el país de las cifras, el que les interesa a las multinacionales, a los empresarios, está mejor que aquel que gobernaba Pastrana y en el que Valencia reinaba en el Congreso Y está igual al que dejó Uribe hace ocho años, pero sin menos violencia en los campos. No, Colombia está hecho una ruina porque probablemente tenemos la peor clase dirigente en la historia.
Del viejo modelo de caciques ladrones que combinaban la fórmula de conseguir dinero del erario para llevarlo a sus regiones, y a sus bolsillos, y así asegurar una hegemonía que los eternizaba en sus curules pero en la que se hacía algo de gestión social y desarrollo, pasamos a un modelo en el cual la plata sigue fluyendo a los departamentos pero para engordar proyectos familiares, ya sin necesidad de mostrar obras ni de prometerlas. Una clase dirigente que revive, además, en cuerpo ajeno cuando la justicia intenta desmontarle su negocio. Ahí, entonces, el hijo, el yerno, la esposa, continúan sin tropiezos, ni sonrojos, con la empresa familiar. Una clase política, también, manchada de sangre y de despojo en un alto porcentaje, y permeada por el dinero de la droga.
Basta un solo ejemplo. Sahagún (Córdoba) es el pueblo donde nacieron Musa Besaile, Bernardo “Ñoño” Elías, Emilio Tapias, Otto Bula, Alejandro Lyons, Salomón Náder, Miguel de la Espriella. ¿Qué puede prosperar en este pueblo de 130 mil personas si todos sus políticos están en la cárcel, o estuvieron o van a estar? ¿Qué puede mejorar si a los electores eso les importa un pito y votan entonces por el sucesor del que cayó preso? Sahagún se merece entonces su falta de agua potable, su servicio de luz intermitente, su hospital sin suministros.
Igual que a los habitantes de Sahagún, a los colombianos como colectivo les importa un carajo que sus líderes políticos saqueen, mientan, se insulten y luego se alíen, se repartan los privilegios entre ellos y los hereden a sus hijos. Y por eso los vuelven a elegir, por voto directo o por abstención.
Por todo esto, y deseando desde el fondo del alma equivocarme, es que creo que la consulta anticorrupción de este domingo va a ser un gran fracaso. En su inocencia de personas buenas, de dirigentes sin contratos, sin padrinos, sin mentores ni sucesores, Claudia López y Angélica Lozano se dejaron engañar por sus colegas. Ellos sabían desde siempre que los 12 millones que requiere la consulta para convertirse en mandato simbólico, sin carácter vinculante, no se lograrían. Y, cínicos, taimados, 84 senadores votaron positivo; cero en contra. Qué burla enorme.
Este país es tan sinvergüenza que la frase de Valencia terminó siendo cierta pero al revés: “O cambiamos o nos cambian”. Como los ciudadanos nunca cambiamos de actitud, y seguimos en la misma desidia, en la misma pequeñez de vendernos por un puesto, por unas tejas y un bulto de cemento, nuestra clase dirigente nos cambió y hoy somos un pueblo medular e irremediablemente corrupto.
