Por: Pascual Gaviria

Memoria de la Vieja Dama

ERA IMPOSIBLE QUE ALEMANIA ganara en el Prater Stadium de Viena. La memoria de las catacumbas bajo las tribunas, un pasado con visos de arqueología forense, fue maleficio suficiente para impedir la celebración de los dirigidos por Joachim Loew. Iker Casillas fue apenas un vigilante con la orden de oponerse a la profanación.

Los estadios vacíos imponen siempre una actitud de respeto por su aire de desolación. Los días sin juego han servido para que los aficionados de todo el mundo los llamen templos y los miren con devoción desde las ventanillas de los buses. Pero el Prater de Viena debe tener un eco suficiente para producir escalofríos.

En septiembre de 1939 el estadio fue convertido en cárcel de ocasión y más de mil judíos vivieron encerrados bajo las tribunas.  En las tardes los carceleros los sacaban de sus camarotes para permitirles una hora de sol. Estaba prohibido pisar la cancha, debían caminar por la pista atlética y recordar el título del Hakoah, un club judío que había sido campeón 15 años atrás.

Muy pronto el estadio se convirtió en un temible laboratorio. El jefe de la sección de antropología del Museo de Historia Natural de Viena quiso aprovechar la gran jaula para un experimento. Debía organizar una exposición sobre “la raza judía” y obtuvo permiso para llenar sus datos con los aficionados del Prater.

 Casi la mitad de los prisioneros fueron rapados, fotografiados con minuciosidad, medidos con el celo de los verdugos. La nariz, el cuello, el tamaño del cráneo, las articulaciones. Todo quedó en las planillas del profesor Josef Waslt. Un desprevenido habría podido pensar en los “investigadores” como misioneros piadosos que se encargaban de curar a enfermos recluidos en un gran sanatorio. Ponían mascaras de yeso sobre la cara de los judíos seleccionados y las guardaban para completar su álbum macabro.

Diez de esas máscaras están todavía en los sótanos del Museo de Historia Natural.  Algunos sobrevivientes del estadio han visitado sus máscaras en los sótanos del museo. La escena podría estar en un poema de Borges. Los encargados de cuidar las máscaras han descrito el extraño encuentro: “El anciano estuvo parado aquí, cara a cara con la copia de su rostro de joven, y recordaba en detalle cómo se realizaban los experimentos en esos tiempos”.

“Casi todos fueron asesinados”, dice la última frase de una placa que recuerda las vergüenzas de La Vieja Dama, según el nombre cariñoso que los vieneses le han dado al Prater. Pero esa memoria de mazmorras no fue lo único que impidió una victoria alemana. La gramilla también guarda recuerdos que era necesario preservar. Unos meses antes de convertirse en cárcel y laboratorio se jugó en el estadio un partido entre Alemania y Austria para “celebrar” la unificación. La anexión que Hitler había decidido bajo el embeleso de sus mapas.

Los jugadores de la mejor selección austriaca de la historia estaban condenados a vestirse con la bandera alemana para tener opción de jugar en el mundial del 38 en Francia. Era el último partido para la camiseta austriaca y Matthias Sindelar, el mejor de sus jugadores, se dio el lujo de amargar a los oficiales nazis en los palcos y humillar a los muñecos alemanes en la defensa. Austria ganó 2-1 y Sindelar se negó a realizar el saludo nazi durante los himnos. Unos años después aparecería muerto en su apartamento en compañía de su novia italiana.

Es seguro que Sindelar tuvo algunas palabras para los dos delanteros alemanes Lukas Podolski y Miroslav Klose, dos polacos que han oído tantas historias de trenes y cárceles y galpones humanos como los austriacos. Alemania dejó la copa en manos españolas y una pequeña ofrenda en la cancha de La Vieja Dama: la sangre de su capitán Michael Ballack.

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