Por: Martín Jaramillo
#EconomíaParaMiPrima

Menos trabajos para el mundo, y para mi prima

En nuestro país no es que falten razones para escribir de economía, pero es que las discusiones del Plan Nacional de Desarrollo (PND) en el Congreso hacen demasiado fácil esta labor. Una de las pocas cosas en las que se pusieron de acuerdo todos los partidos, incluyendo aquellos que dicen creer en el libre mercado, es en la de aumentarles aranceles (impuestos de importación) a las prendas de vestir.

Hay un chiste de hace años que dice que donde sea que se encuentren dos economistas usted encontrará tres opiniones. Sin embargo, le expliqué a mi prima que una de las pocas cosas en las que casi todos los economistas están de acuerdo es en rechazar la mala idea de penalizar con impuestos al consumidor por comprar productos extranjeros.

“Pero ¿por qué es tan mala idea? –me preguntaba–. “Ellos solo quieren proteger empleos y la industria nacional”.

Para explicarle, no le hablé de economía sino de historia, así es más fácil de entender:

“Mira, Isabel, hace apenas 200 años todos en Colombia éramos campesinos: debíamos cultivar la tierra simplemente para tener qué comer, y aun así un gran porcentaje de la población moría de hambre.

Desde entonces, hemos venido mejorando la agricultura con mejores semillas, mejores fertilizantes, mejores técnicas y mejores máquinas (tractores, jeeps, etc.). Estas mejoras han reducido la cantidad de personas que se dedican a la agricultura; mientras que antes se necesitaba el trabajo de cuatro personas para alimentar una familia, ahora se necesitan dos, ¡esas innovaciones destruyeron millones de empleos!

Dime tú, prima. ¿Debimos haber prohibido los tractores? ¿Debimos bloquear la importación de los nuevos y mejores fertilizantes para proteger los nuestros? ¿Debimos haber obligado al campesino a cargar en su espalda los sacos de café, con la excusa de que eso generaba empleos?”.

“¡Por supuesto que no! –me dijo convencida–. Esos descubrimientos le mejoraron la calidad de vida a mucha gente”.

Ahí me dio papaya para preguntarle: “¿No que había que proteger los empleos?”.

Lo bueno es que ella solita entendió que el progreso no se mide en la cantidad de empleos protegidos, así toda la vida haya escuchado a políticos hablar de ellos.

Lo malo es que si el Estado quiere proteger la industria de los textiles, debe prohibirles a los colombianos escoger por sí mismos qué ropa comprar y de dónde, aunque así los condene a pagar por ropa más cara. La medida podrá salvar unos pocos empleos, pero a costa de empobrecer a quienes compramos ropa, que somos todos.

Eso no sólo afecta a los consumidores, sino también a otras industrias. Cada peso que un colombiano debe gastar de más en vestirse es un peso menos que tiene para generar empleo en otras industrias. Si utiliza ese peso para comer, le generará empleo a campesinos, cocineros y supermercados; si lo utiliza en la educación de su hijo, generará empleo o ganancias para maestros, colegios y la sociedad que se beneficia de personas más educadas; si decide ahorrarlo, su capital servirá para financiar emprendimientos que generan empleos de todo tipo.

¿Debería el Gobierno escoger por nosotros el origen y el precio de nuestra ropa? ¿Debería poder, con la excusa falsa de generar empleos, obligarnos a gastar nuestro dinero en las cosas que quieren los políticos y no en las que queremos nosotros?

Mi prima y yo creemos que no, el ciudadano debe ser libre de elegir dónde gasta su dinero y en qué industrias genera empleo. Cualquier persona sabe que “lo que se ve” es que algunos trabajos se pierden. Pero el que sabe de economía también considera “lo que no se ve”: que cuando se pierden unos trabajos se crean otros, y a su paso traen más prosperidad para todos.

@tinojaramillo

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