Por: Aldo Civico

“Mi puta obra” y el poder de la risa

Tuve el gran placer de ver recientemente en Bogotá Mi puta obra, el monólogo de Daniel Samper. Hace rato no soltaba carcajadas tan sonoras, libre de reírme de personajes que se toman demasiado en serio.

Pero la agradable experiencia terminó por ser mucho más que un momento de entretenimiento ofrecido por el conocido columnista. De hecho, no era solamente yo quien reía de manera aislada, (como suele pasar cuando leo, o cuando miro sus videos en YouTube), sino que era toda la audiencia la que se unía en repetidas explosiones de risas. Fue como ser parte de un ritual chamánico de expiación durante el cual de manera colectiva soltábamos las toxinas que los políticos inyectan en el cuerpo social, envenenándolo. Mi puta obra es un detox político.

También fue un acto de autoempoderamiento de la audiencia. De hecho, no hay nada más liberador que reírse de los que detentan el poder, porque al soltar carcajadas la audiencia transforma la frustración que tiene hacia la clase política y desnuda de cualquier sacralidad a los políticos que actúan como si dios los hubiera ungido y tuvieran el derecho de ser parte de una casta de intocables que está por encima de la ley. Quizás es por eso que muchos políticos tienen tanta intolerancia hacia la sátira y no cultivan el sentido del humor; porque la risa los desempodera, desacralizándolos. Pero soltando carcajadas recordamos que los políticos también comparten nuestra misma naturaleza corruptible. “¡El rey está desnudo!”, afirmábamos con cada risa provocada por la sátira de Daniel Samper. Por eso, Mi puta obra es también una experiencia de resistencia política.

Pero, además de todo eso, salí del teatro preguntándome si al final la obra de Daniel Samper, y de la sátira en particular, no sea también un acto de democracia deliberativa donde se habla de los temas espinosos que suelen dividir a los colombianos, sin profundizar la polarización. Por el contrario, el humor y la risa pueden favorecer un espacio donde sea posible hablar de política ligeramente. Paradójicamente, en el momento en el cual la sátira nos da el permiso de soltar la frustración y el rencor que podemos sentir hacia la clase política, se genera un espacio en el cual es posible tener miradas distintas sobre la realidad política y social.

Durante Mi puta obra todos nos reímos de todos; de Timochenko, de Uribe, de Pastrana, de Odebrecht, de Santos, de Mockus, de Petro, de Gaviria (padre e hijo) de Piedad Córdoba y hasta del expresidente Samper. El humor permite suspender nuestras rigideces ideológicas y ver así la realidad con más claridad. Por eso, Mi puta obra es también una toma de conciencia.

Finalmente, uno sale del teatro dándose cuenta de que Mi puta obra no es una caricatura de la política colombiana, sino más bien que son los mismos políticos la verdadera caricatura de lo que la política debería ser. Por eso, frente a los difíciles y duros meses de campaña presidencial que se vienen, será bueno armarse de mucho humor y asumir la risa como un ejercicio democrático: los ciudadanos que se unen en la risa provocada por la sátira hablan la verdad al poder.

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