Michael Jackson, clásico del arte

El fallecimiento de Michael Jackson  le aporta tema a los columnistas del país.

Algunos de ellos le reconocen al artista su genialidad en contra de su intrepidez, otros han exaltado sus pocos valores morales, y hay quienes han puesto en la balanza su genialidad e intrepidez moral.

La lectura de estos artículos deja la sensación de que no se calibra la realidad de un artista superdotado, quien no tuvo niñez, adolescencia, juventud ni madurez. Su genialidad estuvo transgredida por la falta de aquel amor que todo padre debe, sin interés, a cada uno de sus hijos. Michael fue convertido, desde muy corta edad, en una máquina para acuñar moneda. Gran parte de esa producción económica se perdió como consecuencia de la rebeldía engendrada por el desamor familiar.

Pero, para darle la razón a Michael Jackson, ¿habrá que demeritar y culpar al padre?  Debemos ser justos con Michael, analizar el porqué de su comportamiento y reconocer la gran felicidad aportada al mundo artístico, en especial a la juventud. Es posible que la posteridad lo reconozca como un clásico del arte musical.

 Víctor Manuel Méndez Gutiérrez. Bogotá.

La carta de apoyo a Robledo

Curioso que entre los firmantes de la carta de respaldo al senador Robledo que publica El Espectador el pasado domingo no aparezcan médicos, ingenieros, arquitectos, abogados, agrónomos, doctorados, etc., por no mencionar militares y eclesiásticos, sino a los de profesiones convencionalmente  denominadas liberales. Al parecer existen en este país de contrastes dos clases de intelectuales: los que así se autodenominan y sueñan en una perspectiva de ficticias elucubraciones y pretensiones imaginarias y otra que es consciente de una responsabilidad pragmática y meridiana. La vanguardia cultural de una sociedad la integran tanto los intelectuales de una élite pretensiosa y protagónica como los silenciosos constructores de una realidad nacional. Por pertenecer a una élite ninguna persona, hombre o mujer, se debe sentir con el derecho de mancillar su patria, que eso es, defender los grupos subversivos, los narcotraficantes, los vecinos inamistosos, los errores de los gobiernos o los cínicos de cuello blanco. Claro, pueden refutar que una causa se defiende desde las trincheras de la selva o desde una curul o una columna periodística. Lo que se cuestiona es que esa defensa sea subrepticia y deleznable. Quienes irónicamente no consideramos intelectuales, como los obreros y campesinos, dan ejemplo de cultura ciudadana y lealtad patriótica a los que al parecer, con egoísmo y falso orgullo, no van a poder sacar adelante este país.

 Hernando Corredor Quintero. Villavicencio.

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