Por: Columnista invitado EE

Molano

Para conocer, señor, hay que andar.

Por: Juan Fernando Romero Tobón

Entonces llegó ese 31 de octubre, lamentable, ese último latido.  Ese instante último cuando lo necesitábamos para extraer esas verdades que la élite, esa nata casi indestronable, se niega a reconocer.  Ellos le temían a él y como le temen a la verdad…Qué se puede decir ahora que la muerte llega con su lenguaje de vacío, que pareciera aliarse con la casta y su arrogante contundencia, con su absurdo; con su secuencia de negaciones, con su injusticia, con un día, pasado por la noche, en donde todo se confirma.  No se puede ni agregar una coma a ese momento pero sí unos puntos suspensivos… algún alivio da pensar que todo puede seguir en otra parte.

Por lo pronto, y mirando lateralmente o de costado, como mirando a esos ojos que vieron tantos árboles o esos árboles que inspiraron esos ojos, solo tengo agradecimiento para quien penetró, como Arturo Cova, en las profundidades de estas regiones del olvido y nos trajo una fábula de angustias y existencias, una maravilla de relatos en más de mil y una noche de solidaridades, luchas, injusticias y barbaries, ese remolino entre las guerras y la paz.  Mirando a la distancia, como alguna vez tuve la oportunidad de verlo y cruzar alguna frase con él, construyó un mundo a pesar de la academia (el lánguido Pécaut) o por ella misma que, sin embargo, aún no logra clasificarlo: sociólogo, antropólogo, periodista, escritor, narrador, cuentista, artista, todas las anteriores o ninguna de las anteriores.   No lo logrará.  Qué importa pues ese era el sentido de su oficio: eso que somos pero que no tiene nombre pues apenas se bautiza dejamos de serlo.  Afortunadamente nunca pudieron atraparlo.  Se escabulló de todas las redes y atarrayas, a salvo y por razones netamente afectivas, el doctorado honoris causa de la Universidad Nacional.

Yo diría, sin pretender absolutamente nada, que pudimos escuchar de él, con su voz, esas voces persistentemente negadas.  No solo un testimonio, un orden en las palabras, sino la interpretación de esas palabras en esos límites entre realidades, en la intersección entre lo que se consigna en una grabadora y lo que emergía de las otrora máquinas de escribir o de un computador, que admirablemente él pudo construir.  Nunca utilizamos las mismas palabras para describir un hecho lo que no significa que en cada una de las versiones no aparezca esa esencia que los recoge.  Así se revuelcan las palabras, dan tumbos en todo el cuerpo, hasta que se ordenan y salen las que eran, como en la poesía.  Él lo logró magistralmente e interpretó, además, esa sensación farragosa de muchos de nosotros respecto a la verdad de las estadísticas y de los métodos que se autoproclaman como científicos.

Solo quiero agradecerle por esa búsqueda generosa y grandiosa y por poder sentarme una tarde de un sábado a leer, sin parar, Siguiendo el Corte, relatos de guerras y de tierras, que ya cumple 30 años.   Solo quiero reconocer que enterramos parte de nosotros, sembramos nostalgias e historias para cosechar, algún día y gracias a él, una que otra alegría.

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