Por: Marc Hofstetter

Moneda y arrebatos presidenciales

“El único problema de nuestra economía es la FED” trinó el presidente Trump en medio de rumores asegurando que la Casa Blanca explora avenidas jurídicas que le permitan despedir al presidente de la FED, el Banco Central de Estados Unidos. Un presidente cuestionando las decisiones de la autoridad monetaria y explorando si puede cambiar su timonel, resulta insólito en el país del Norte donde la tradición manda que el ejecutivo no debe interferir en las decisiones monetarias.

Más allá de la tradición, muchos países del mundo se han movido paulatinamente en la dirección de garantizar buenos niveles de independencia a sus bancos centrales por al menos dos razones. La primera, impedir que las decisiones monetarias se guíen por criterios políticos: por ejemplo, evitar que un Banco Central baje tasas de interés no porque la economía lo necesite, sino porque al contexto político del momento le vendría bien. La segunda, evitar que el Banco Central emita dinero para financiar al Ejecutivo. Esa puerta, la de Banco Central al servicio del financiamiento público, es por la que se cuelan los desastres inflacionarios, como el de Venezuela, el de Zimbabue de la década pasada y la crónica inflación argentina, entre otros.

En Colombia, la independencia del Banco Central vino con la Constitución del 91, con una figura muy conveniente: el banco, dirigido por un gerente acompañado de cinco codirectores, es independiente, pero su junta directiva es comandada por el ministro de Hacienda. Esa fórmula garantiza que fluya la información fiscal hacia el banco y monetaria hacia el gobierno, y facilita su coordinación. Cada gobierno puede cambiar a mitad de su término a dos de los codirectores. Así, ni las decisiones sobre tasas de interés y de emisión deberían responder a deseos políticos de corto plazo ni de financiamiento del gasto público.

La tradición que proscribe a los presidentes opinar sobre las decisiones del Emisor no caló en Colombia. Tanto Santos como Uribe expresaron públicamente en diferentes oportunidades opiniones sobre lo que debería hacer el Emisor o su disgusto con lo que hicieron. Pero Uribe, como ahora Trump, llevó esa injerencia a niveles superiores. En 2003 y 2004, con altísimos niveles de popularidad y el Congreso a su favor, pidió al Emisor usar reservas internacionales para comprar deuda externa del gobierno. El banco, escudado en su independencia, no se apuntó. El Congreso lo presionó rechazando el informe que presentó y forzándole a usar finalmente US$500 millones para comprar deuda pública. En otra ocasión Uribe llamó al gerente del banco y le notificó que tenía listo un decreto que fijaría la tasa de cambio en un nivel de su gusto. Allí las barreras institucionales funcionaron: la independencia del banco le impidieron publicar ese exabrupto.

En ese entonces, como por ahora en Estados Unidos, la separación entre el Emisor y el Gobierno resistió los arrebatos presidenciales, sus trinos, sus consejos comunales, sus diatribas populistas. ¡Que resista ese muro! La estabilidad económica del mundo está en manos de esa resistencia de la FED.

Twitter: @mahofste

 

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