Por: Cartas de los lectores

Morir bien es mejor que vivir mal

El suicidio celular o apoptosis es responsable de sucesos absolutamente sorprendentes, por ejemplo, una de cada dos neuronas muere durante la formación del sistema nervioso y el 90 % de los linfocitos perecen durante el establecimiento del sistema inmunitario. De tal manera que cada uno de nosotros antes de nacer ya tiene un estrecho vínculo con la muerte; antes del nacimiento, el suicidio celular o apoptosis moldea los tejidos, da forma a órganos, esculpe al nuevo ser. La muerte igualitaria e imparcial es necesaria en la formación y desarrollo del nuevo individuo.

El fenómeno de la apoptosis es uno de los tantos ejemplos que la naturaleza nos da sobre muertes dignas; el vivir conectado por años a máquinas que nos proporcionan una vida artificial y en contra de la voluntad del individuo, es una forma indigna de vivir. Solo basta recordar el famoso caso del marinero y escritor español Ramón Sampedro, llevado al cine por Alejandro Amenábar en su película Mar adentro, quien quedó parapléjico a los 25 años de edad y solicitó al gobierno español la eutanasia bajo el argumento del derecho de cada persona a disponer de su propia vida, estando incapacitado para cometer suicidio. Así como se tiene el derecho a una vida digna, también se debe de tener el derecho a morir dignamente.

Indefectiblemente, el sufrimiento es el peor de los males. Un adulto o un niño con el consentimiento de sus padres debería de tener derecho a poner fin a su vida en los casos en donde existe un sufrimiento incontrolable y desesperado, un diagnóstico y un pronóstico ciertos, la confirmación por otro médico, el consentimiento de los padres (en el caso de un niño) y que se trate de una práctica médica aceptada. Es inadmisible que, según la Fundación pro Derecho a Morir Dignamente (DMD), el 98 % de las solicitudes de eutanasia realizadas por personas con la plenitud de sus funciones mentales y que cumplen con los requisitos no se llevan a cabo. O por burocracia de las EPS o por negligencia de los médicos del comité de muerte digna que debe recibir estos casos.

Es el individuo quien decide hasta cuándo quiere vivir y no el Estado guiado por preceptos religiosos. El cuerpo nos pertenece y por ende es detestable la obligación de vivir por necesidad, debe ser un imperativo la posibilidad de elegir perder la vida por voluntad propia. Como lo plantea el filósofo del hedonismo Michael Onfray, “la existencia no vale por la cantidad de vida vivida, sino por su calidad; morir bien es mejor que vivir mal”. El individuo debe de tener la potestad de si prefiere vivir sus últimos días bajo un literal viacrucis existencial trazado por el sufrimiento, el dolor y la angustia, o de si prefiere acceder a una salida voluntaria; se vive lo que se puede, no lo que se debe.

Sin embargo, religiones como el islam, el judaísmo y el cristianismo prohíben expresamente la eutanasia. Como resultado, muchas personas creen que “solo Dios debe decidir el momento de la muerte”. Pero en un Estado laico no se pueden acomodar las leyes pensando sólo en los cristianos, se deben de tener en cuenta a aquellos que no creemos en los mundos de ultratumba y que pensamos que después de la muerte nos consumimos en cuerpo y alma.

Rodrigo Urrego Álvarez. Profesor, Universidad CES.

 

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