Lecciones de la Unión Europea para Colombia

hace 10 mins
Por: Pascual Gaviria
Rabo de ají

Morir joven

Nuestras ciudades viven desde hace décadas una guerra absurda y caótica entre jóvenes. Miles de pelaos con realidades paralelas terminan siendo víctimas o victimarios por razones que se confunden con azares. El barrio donde crecieron, la cercanía con la esquina donde parcha un combo, la necesidad de probar finura o el recelo entre dos duros pueden pararlos en los extremos de un duelo a muerte del que casi siempre resultan dos perdedores. Según un estudio publicado el año pasado por el Sistema de Información para la Seguridad y la Convivencia de Medellín (SISC), en la ciudad fueron asesinados 57.385 jóvenes entre los 14 y los 28 años en las últimas tres décadas. El 56 % del total de homicidios en la ciudad tienen como víctima a un joven en ese rango de edad. Y si tuviéramos la posibilidad de conocer a los victimarios, muy seguramente un porcentaje igual o mayor estarían en la lista.

“Nací como muchos otros no soy el único / en medio de disparos de revólver y fusil en medio de regueros de sangre. / Oh san sangre / que te acabaste de coronar de santidad en el siglo XX. / Me enseñó desde pelado la vida como es la vida”. Los versos son de Helí Ramírez, poeta del barrio Castilla que contó la calle y sus caídas como nadie lo ha hecho hasta ahora. No muchas veces se hacen esfuerzos desde las entidades del Estado para entender esa guerra no declarada, esa lucha por rentas menores, estatus y defensa del barrio que deja miles de muertos cada año. El testimonio de 50 menores de 18 años que han ejercido violencia homicida sirve como marco al estudio mencionado, una búsqueda de las motivaciones y los factores de riesgo de la violencia homicida contra jóvenes en la ciudad.

Lo primero es que rara vez se habla de reclutamiento forzado para entrar a los combos en los barrios. La lógica se da de una manera más sutil. El consumo y la venta de drogas sigue siendo una de las clásicas formas de enganche. Niños que comienzan su consumo antes de los 12 años se hacen cercanos a la dinámica de las ollas y muy pronto son los “cachorros” del parche. No es difícil pasar de cliente habitual a jíbaro de oficio. La deserción escolar es otra decisión que impone nuevas lógicas, rompe con el mundo infantil e impone los retos de los adultos a una edad en la que es imposible el criterio para medir riesgos. Niños que desde los 14 años logran su independencia económica apoyados en los combos. El salón de clases es casi siempre un mundo que genera desconfianza y algo de respeto al bandidaje. Los sentimientos de rabia y venganza que genera la violencia ejercida contra la familia es otro de los impulsos claves a la escena de la ilegalidad. Las “vueltas” en el círculo familiar también entregan la posibilidad de entender muy pronto esas dinámicas, estar cerca a las armas y elegir referentes que patronean, que son los “señores” en el barrio. La tolerancia social a los grupos ilegales (hay comunas en Medellín en que el 30 % de la gente dice acudir a los combos para resolver conflictos) también hace más sencilla la incorporación de los jóvenes. Los jóvenes “regentes” son vistos con simpatía y respeto, como portadores de un liderazgo social y un orden necesario. Las fronteras invisibles también hacen que los jóvenes tengan una muy limitada movilidad y conocimiento de ambientes distintos. Ese “encierro” empuja muchas veces a una defensa desproporcionada de su entorno. Además, en esa vida que muchas veces se restringe a la relación con su combo, pequeños malentendidos adquieren una dimensión de vida o muerte.

Muchas veces, más que cámaras de seguridad, se necesita una mirada atenta a los entornos juveniles.

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2020-01-29T00:00:43-05:00

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