Atalaya

Multipliquemos el Distrito Grafiti

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Juan David Zuloaga D.
14 de mayo de 2020 - 05:00 a. m.
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Tras una intervención del colectivo colombiano Vértigo Graffiti en el distrito mural de Wynwood en Miami, titulada Generación perdida, Camilo Fidel López, director del proyecto, consideró buena idea que Bogotá tuviese un escenario que congregase muchas y muy variadas manifestaciones del arte urbano, como consecuencia natural del florecimiento de dicho movimiento en la capital.

Se trataba de crear un espacio que convocara a todos los actores que, desde sectores muy diversos, confluyen en la práctica de este tipo de arte mural: el gobierno, los grafiteros, la comunidad y la empresa privada.

En el año 2016 Vértigo Graffiti presentó el proyecto a la Alcaldía Mayor de Bogotá, en su momento en cabeza de Enrique Peñalosa, y a la Secretaría de Cultura de la capital al mando de María Claudia López. Como complemento de ese gran espacio de exposición al aire libre se creyó conveniente que la estación de Transmilenio aledaña llevase por nombre Distrito Grafiti, como terminó ocurriendo.

Se pensó en Puente Aranda como un lugar idóneo para la realización de la iniciativa porque es una localidad con poco acceso a las ofertas culturales y artísticas de la ciudad, y con problemas de diversa índole (incluidos unos índices altísimos de contaminación), pero en la que había acceso a servicio público de transporte y a la red de ciclorrutas. La propuesta vislumbró la necesidad de crear un espacio que no conociese barreras para ninguna persona y en el que tampoco fuese necesario un guía turístico que orientara la visita.

Con estas consideraciones sobre la mesa se planteó una estrategia que se ha ido matizando con el transcurrir de los años, pues el festival que organiza el Distrito Grafiti para la realización de murales ya conoce cuatro ediciones. Este espacio de arte y cultura encontró el apoyo decidido de la Alcaldía Mayor y de IDARTES, y es hoy una realidad que recorren locales y extranjeros de todas las latitudes del mundo. Artistas de todas las Américas, del medio y del lejano Oriente han plasmado sus preocupaciones, muchas veces con fuerte y comprometido carácter político, para complementar, de este modo, el relato de Bogotá; la manera en que se lee y se comprende a sí misma.

Distrito Grafiti ha terminado por constituirse no sólo como un correlato, muchas veces discorde, del poder oficial, sino como un escenario de confrontación emocional. Concita, entonces, el noble empeño de transfigurarse en lugar de análisis y de introspección emocional de la ciudadanía, en donde, de cierto modo, el observador termina también por sentirse observado.

Es evidente que la ciudad necesita muchos espacios de esta naturaleza, y no sólo por medio de los murales, sino también a través del transporte público, para que esta confrontación emocional que se da en el arte irradie por toda la ciudad.

Hoy, que por causa de la pandemia las calles están semivacías y ahora que muchos colectivos necesitan el apoyo decidido del gobierno y del empresariado del país, parece buen momento para invitar a los artistas urbanos a emprender proyectos ambiciosos y perdurables.

@D_Zuloaga, atalaya.espectador@gmail.com

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