Por: Nicholas D. Kristof

“Narcos en batas de laboratorio”

Durante décadas, Estados Unidos ha pagado una ineficaz guerra contra los vendedores y los capos de las drogas, desde las esquinas del Bronx hasta Medellín, Colombia, pues los considera unos de los especímenes más despreciables de la humanidad.

Una razón por la que esos esfuerzos han fallado es que se ha ignorado a los mayores vendedores de droga de todo el mundo: las compañías farmacéuticas estadounidenses.

La política estadounidense ha sido esta: si enganchas a 15 personas a consumir opioides, eres un mafioso que merece pudrirse en el infierno; si enganchas a 150.000 personas, entonces eres un genio de la mercadotecnia que merece un gran bono.

Las grandes compañías farmacéuticas deberían estar retorciéndose de vergüenza esta semana debido a los recientes informes de The Washington Post y “60 Minutes” de que los cabilderos de las farmacéuticas habían manipulado al Congreso para paralizar a la Administración para el Control de Drogas (DEA, por su sigla en inglés). Pero el abuso va más allá de eso: la industria ha manipulado sistemáticamente a todo Estados Unidos durante 25 años, y sus ejecutivos son responsables de las muertes de 64.000 estadounidenses el año pasado por consumo de drogas: más que la cantidad de estadounidenses que murieron en las guerras de Vietnam e Irak combinadas.

La crisis de opioides se desarrolló porque personas avariciosas —tanto capos de la droga latinos como ejecutivos farmacéuticos— perdieron su humanidad cuando vieron las increíbles ganancias que podían obtener.

Antes, en Estados Unidos la gente se volvía adicta a los opioides usando drogas ilegales. En la década de 1960, por ejemplo, el 80 % de los estadounidenses adictos a opioides comenzaron con la heroína.

Eso ha cambiado por completo. Hoy en día, el 75 % de las personas adictas a los opioides comenzaron con analgésicos recetados. La caída no comienza en una esquina, sino en un consultorio médico.

Eso se debe a que en la década de 1990 las compañías farmacéuticas buscaron promover los analgésicos a base de opioides como los nuevos medicamentos estrella. Los ejecutivos de las empresas acusaban a los doctores de no dar un tratamiento adecuado al dolor (había algo de cierto en esto, pero los ejecutivos de las farmacéuticas se las ingeniaron para convertirlo en una crisis que ellos pudieran capitalizar). Las compañías respaldaron organismos que eran meras tapaderas, como la Fundación contra el Dolor de Estados Unidos, que afirmaba hablar en nombre de los pacientes que lo sufrían.

Estos organismos que servían de tapadera, así como profesionistas en ocasiones financiados por la industria farmacéutica, pregonaban que el dolor era el “quinto signo vital”, junto con el pulso, la temperatura, la frecuencia respiratoria y la presión arterial. Los promotores de los opioides los alababan como “seguros y eficaces”, y alentaban a usarlos particularmente a los veteranos que regresaban de la guerra: esta es una de las razones por las que tantos de ellos han padecido adicciones.

Las compañías farmacéuticas gastaron mucho en publicidad para los opioides: US$14 millones en revistas médicas solo en 2011, casi el triple de lo que habían gastado en 2001, y los anunciaban para aliviar una amplia gama de dolores crónicos, como los artríticos y de espalda.

Las farmacéuticas argumentaban incluso que los signos de adicción eran una razón para recetar más opioides. Endo Pharmaceutical distribuyó un libro que sugería que cuando un paciente mostrara un comportamiento extraño, “la primera respuesta del médico” debía ser incrementar la dosis de opioides.

Varios de estos ejemplos están compilados en una demanda interpuesta por Ohio en contra de farmacéuticas importantes, incluyendo Purdue, Teva, Cephalon, Johnson & Johnson y Janssen. Una compañía afiliada a Purdue se declaró culpable del delito de fraude en relación con su comercialización de OxyContin, pero ninguno de sus ejecutivos fue a prisión.

Las compañías farmacéuticas emplearon básicamente la misma estrategia que los vendedores callejeros: engancha a alguien y el negocio crecerá por sí mismo. Así que, el año pasado, se dieron 236 millones de recetas médicas de opioides a estadounidenses: aproximadamente un frasco por cada adulto.

Una investigación realizada por el Senado descubrió que una compañía, Insys Therapeutics, redirigió con éxito un poderoso opioide llamado Subsys, destinado al dolor por cáncer, a pacientes sin esta enfermedad. A Sarah Fuller, una mujer que padecía dolor de cuello y espalda, su doctor le recetó Subsys; este médico recibía pagos por parte de Insys. Fuller murió por una sobredosis de Subsys.

Mientras tanto, Insys tuvo el mejor desempeño de oferta pública inicial en 2013, y sus ganancias se triplicaron en los siguientes dos años, según el informe del Senado. Así mismo, la familia Sackler, dueña de la empresa que fabrica OxyContin, se unió a la lista de Forbes de los más ricos de EE. UU. en 2015, con US$14.000 millones.

Es enfurecedor que el discurso público aún sostenga que la crisis de opioides se alimenta de la irresponsabilidad y la debilidad personal de los usuarios. No es así: está alimentada principalmente por la avaricia y la irresponsabilidad de los capos de la droga, incluyendo a los que están en oficinas ejecutivas. The Washington Post citó a un antiguo funcionario de la DEA que se refería a los representantes de las farmacéuticas como “narcos en batas de laboratorio”.

El otro día me invitaron a una gala en honor del presidente de una de estas farmacéuticas por su liderazgo moral. Quería vomitar. Desde 2000, más de 200.000 estadounidenses han muerto por sobredosis de opioides recetados: la consecuencia de una estrategia deliberada para ganar dinero ignorando el bienestar de la gente.

El patrón de adicción a los opioides apunta hacia una tragedia, impulsada por la avaricia de algunos de los ejecutivos y las empresas líderes de Estados Unidos, que manipulan sistemáticamente a doctores y pacientes, y que matan a personas a una escala con la que los terroristas no podrían ni soñar.

Se habla mucho en el gobierno de Trump de eliminar regulaciones para dar libertad al dinamismo de las corporaciones. ¿Es en serio? ¿Quieren ver las consecuencias de una industria farmacéutica sin restricciones? Visiten un cementerio.

The New York Times 2017 (Contacta a Kristof en Facebook.com/Kristof, Twitter.com/NickKristof o por correo a The New York Times, 620 Eighth Ave., New York, NY 10018).

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