Por: Alberto López de Mesa

Navidad atea

Mi amiga Sonia Guzmán se ganó la animadversión del vecindario por negarse a dar la cuota para el decorado navideño de la cuadra, argumentando que ella tenía mentalidad de Grinch. Yo jamás había escuchado esa expresión, pero me di por entendido para disimular mi ignorancia, como Sonia es antropóloga y catedrática supuse que Grinch era un concepto de los nuevos filósofos sobre la religiosidad o la convivencia.

Averigüé que es un personaje creado por el escritor y caricaturista norteamericano Theodor Seuss Grisel en su libro “Como el Grinch se robó la navidad” popularizado en el año 2000 por la película de Steven Spielberg y algunos jóvenes de esa generación lo asumen como representación del estar contra la compulsividad consumista que practicamos en la temporada navideña.

El filósofo rumano Mircea Eliade explica que el catolicismo empató la fecha de la natividad a las festividades romanas del 25 de diciembre Natalis Solis Invicti, es decir que desde su origen las celebraciones navideñas asumieron prácticas paganas.

Procedo de una familia católica típica cuyas celebraciones navideñas, año tras año, se han adecuado a las modas que impone el mercado: Tengo el recuerdo infantil de un gran pesebre que ocupaba media sala en casa de la abuela, los personajes, María, José, el niño y los tres reyes eran de caucho, también había pastores, ovejas y las casas de cartón plegable, junto al pesebre se hacían las novenas. Después la tia más informada agregó un Chamizo adornado con algodón en las ramas y una extensión de bombillitos de colores, los colgandejos eran cajitas forradas como regalitos y campanitas de cobre. Era el modo criollo del pino anglosajón que muy pronto se impondría en remplazo del pesebre. Cuando la descendencia pasa a vivir en urbanizaciones y apartamentos las Navidades adoptan la iconografía gringa, el pino sintético adornado con bolas de cristal, las instalaciones de luces de fabricación japonesa, incluso el muñeco de nieve, los bastones encintados, las coronas de pino en las puertas y por supuesto el símbolo magno “Papá Noel” o mejor Santa Claus. Según la leyenda apócrifa este personaje sería el cuarto rey mago de origen nórdico que avisado por la estrella también quiso saludar al mesías pero llegó cuando a la sagrada familia le tocó huir de los sicarios de Herodes y como no alcanzó a ver al niño Dios ahora va repartiendo regalos a los niños. Pero ya en el marketing navideño es el personaje icónico perfecto como promotor de ventas.

A decir verdad, la navidad como referencia al nacimiento de Jesús es una porfía de los católicos más clásicos. Para la sociedad de consumo resulta más funcional una simbología sin compromiso religioso para que la oferta llegue a compradores de cualquier Fe. Negociar es desacralizar... Papá Noel es ajeno al evangelio, su asunto son los aguinaldos, los regalos, es decir las ventas, por eso su espacio no es un altar, menos un pesebre, su templo son los centros comerciales, es el numen promotor de ventas decembrinas. El niño Dios, en cambio, no le sirve al comercio porque su significación no es de mercancía, de él se pueden vender imágenes pero sería más que herético obsceno usar a la deidad como promotor de ventas navideñas .

Para el mundo occidental diciembre es el mes de gozos: los empleados reciben la prima de fin de año, en el hemisferio sur son vacaciones veraniegas y en el norte invernales. La sociedad de mercado anima a consumir, todos los negocios se activan para la compulsividad de gastar que asume la sociedad, comprar y vender es el verdadero ritual. Para ello las ciudades disponen su infraestructura a favor del suceso económico, se ambientan las calles, se programan eventos que estimulen el juego de la oferta y la demanda. La simbología evangélica es apenas una referencia, el capitalismo prefirió signos mundanos

Para el comercio lo que conmemora el cristianismo el 25 de diciembre puede resultar excluyente y motivar pudores místicos ante los festejos paganos, el derroche en comidas, en rumba en licenciosidades. La navidad mercantil ya es atea.

 

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