Negocios de familia

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Esta semana descubrí que, después de tantos días compartiendo en familia, ya estamos negociando desde el turno de la ducha hasta los menús del día siguiente. La convivencia se torna difícil cuando todos tenemos el mismo horario y entre seis y siete de la mañana debemos estar listos para empezar una jornada escolar o el primer reporte del día, e intentar mantener la cordura entre el examen de las tablas de multiplicar, el ensordecedor ruido del extractor para hacer el jugo de naranja y la reunión donde el micrófono no funciona. Todos estamos aprendiendo a convivir, a compartir y a repartir. Verbos que hoy en día ya deberíamos tener como básicos ante lo que es la nueva forma de vivir en el mundo.

La conjugación de esos tres maravillosos verbos (convivir, compartir y repartir) nos lleva siempre al mágico mundo de aprender en torno a la cocina. Suena ridículo, pero es sencillísimo. ¿Quién no aprendió a hacer collares con canelones de pasta, o a decorar manualidades con granos y piedritas de colores, o a dividir porcionando el postre preferido? También tuvimos esa abuela alcahueta que cuando hacíamos monerías o cumplíamos con nuestras labores siempre nos daba un dulce o bocado de más. Entonces, una preocupación menos es que los más jóvenes que aún están en el colegio tienen las recetas para aprender y practicar hasta matemáticas.

Para los adultos, compartir y repartir se ha convertido en la línea de qué comemos. Rotan recetas de la familia, aparecen amigos que nos envían recomendaciones y cada vez aprendemos más cómo usar para los menús lo que tenemos en la despensa. Un fenómeno que sigue siendo muy particular es cómo rápidamente esta rutina ha llevado a que en muchas cocinas se creen proyectos productivos que llevan el corazón de la familia, permiten mantenernos activos y sostener los ingresos familiares.

Así han renacido las cocinas de las mejores amigas del barrio a las que siempre se les encargaban las comidas importantes de la casa. Esas cocinas ya no solo son un plato especial, se han convertido en bocados cálidos que nos llenan el corazón con pequeños recuerdos de lo que significa el amor por la gastronomía. Y eso creo que en gran medida nos representa a todos por estos días. Madres e hijas, padres y abuelos, vecinas de antaño y hasta clases virtuales han permitido que estos nuevos emprendimientos se conviertan en las actividades que reviven el corazón y la mente de varios por estos días.

Hoy quiero recomendarles un negocio de familia que representa todo esto y que puedo describir como un viaje eterno, entre la búsqueda del amor y la luz que cada cocina necesita para lograr los mejores platos posibles. En Instagram encontrarán @escaf_arabe, un servicio a domicilio de comida tradicional árabe donde por esencia madre e hija se han dedicado a alimentar el cuerpo y el alma de varios amigos y vecinos.

La dupla de Mili (Ana Milena), quien ya hoy no puede dictar muchas de sus clases de yoga (@yogamandapam), y su mamá, Salma Escaf Escaf, una sucreña con una arraigada base de cocina libanesa que dejó su cálida sabana caribeña y se radicó en Bogotá, se ha dedicado en esta época de cuarentena a alimentar a sus clientes de siempre y a nuevos como yo. El amor sí se puede morder, mis queridos, sí se puede saborear, pero, sobre todo, sí se puede compartir con un buen plato de comida. Los invito a hacer sus pedidos antes de los miércoles y esta dupla maravillosa se los entregará el fin de semana; para que no se queden con las ganas durante la semana, pidan también un par de productos congelados.

“En la cultura libanesa, la máxima expresión de cariño a la familia se hace a través de la preparación de los alimentos. La dedicación y el amor dados a cada plato hacen que la cocina de Escaf sea una representante de esa tradición”.

@Chefguty

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