Por: Mauricio Botero Caicedo

Ni desposeídos, ni expertos en pirotecnia

En las ciudades, concretamente en la capital, se manejan muchos mitos urbanos. Uno de ellos es que los indígenas no tienen ni un palmo de tierra para cultivar sus alimentos. La verdad es otra: las comunidades indígenas son el 3,4 % de la población; sin embargo, a los resguardos indígenas se les han entregado 34 millones de hectáreas, equivalentes al 30 % del territorio nacional. La población afrocolombiana es el 10,62 %, estimándose que el 30 % reside en las cinco principales ciudades. No obstante, a las comunidades, especialmente del Pacífico, se les han asignado 4,7 millones de hectáreas. Las zonas de reserva campesina disfrutan de 2,3 millones de hectáreas escrituradas. Estos tres grupos de propiedades colectivas suman 41 millones de hectáreas, el 40 % del territorio nacional, convirtiéndose en los verdaderos terratenientes colombianos, sin que contribuyan a un modelo de desarrollo económico sostenible.

Otra falsedad que es necesario derrumbar es la pretensión de la minga de que la muerte de ocho indígenas fue un atentado con granadas por parte de la Fuerza Pública. La verdad es otra: las víctimas, con sus extremidades mutiladas y heridas en el frente y costados del cuerpo, evidencian no una granada, sino una explosión de gran potencia. Fue la torpe manipulación de material explosivo la razón por la cual estos indígenas —ni desposeídos, ni expertos en pirotecnia— pasaran a mejor vida.

En reciente artículo, Francisco Lloreda expone con meridiana claridad el problema de algunos, y solo algunos, indígenas del Cauca: “Ser indígena no le da derecho a nadie a estar por encima de la ley. Lo dice la Constitución Política de Colombia en su artículo 13… Artículo que no se cumple, pues los indígenas en el país hacen lo que les viene en gana y nada pasa. Bloquean todos los años una de las principales vías del país, y nada pasa. Dejan dos departamentos en riesgo de desabastecimiento de alimentos y combustible, y nada pasa. Causan pérdidas millonarias a agricultores y comerciantes, y nada pasa… Pero como son indígenas, son intocables: ciudadanos de mayor jerarquía, para quienes la ley no aplica o aplica cuando les conviene, y son insaciables en la captura de rentas del Estado... Se confunde el derecho a la protesta con llevarse por delante los derechos de los demás, y la disposición al diálogo de los gobiernos, con debilidad. Ahí está el resultado: un país de vías de hecho y no de derecho”.

Juan Lozano, en su más reciente columna, afirma: “Acuerdos incumplibles, con presupuestos inalcanzables, presionados por actos inaceptables en el país de las glorias inmarcesibles nos han conducido a mingas intocables infiltradas por fuerzas inconfesables, generando daños incalculables. La minga, en teoría inobjetable, se va convirtiendo en un híbrido inimaginable, a fuerza de medios intolerables”.

Apostilla: aprovechando el refrán de “río revuelto, bonanza de pescadores”, @petrogustavo calzó sus Ferragamo, y mientras calculaba qué beneficio sacaba de los males ajenos, se trasladó al Cauca a pescar voticos. En la zona hay sembradas por lo menos 15.000 hectáreas de coca, marihuana y amapola, y se mueven enormes cantidades de efectivo. ¿No sería oportuno que la cabeza de “Colombia Humana” lleve unas cuantas bolsitas de plástico por si acaso alguien le llegara a ofrecer un préstamo? Es por si acaso…

* Miembro del consejo del Instituto de Ciencia Política.

 

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