Por: Héctor Abad Faciolince

Ni rejo, ni azotes, ni pelas, ni palmadas

A los niños no se les pega. Nunca. Ni en la escuela ni en la casa. Ni los maestros, ni los padres, ni el tutor, la niñera o los hermanos. Esa debería ser la regla, simple, escueta: está prohibido, siempre, todo castigo físico en la infancia. Cuántas veces no he oído, en cambio, desde que era chiquito, la siguiente expresión: “¡A este niño lo que le falta es rejo!”. Y cuántas veces no veo, todavía, en todas partes y en todas las clases sociales, madres y padres que castigan violentamente a sus hijos. Colombia es un país al que le gusta el rejo. Un país que en buena parte cree que a los niños, para corregirlos, hay que pegarles.

Esta impresión que tengo, apenas intuitiva, acaba de ser confirmada por un estudio publicado esta semana por la Facultad de Psicología de la Universidad de la Sabana y la Alianza por la Niñez Colombiana. Según entrevistas hechas a casi 1.000 menores, más de la mitad de los niños de 23 departamentos del país (el 52 %) recibe algún tipo de golpe, muchos de ellos (el 47 %) no solo con la mano, sino con algún objeto (zapato, correa, palo). Al 20 % les dan cachetadas y casi al 8 % palizas. Es como si culturalmente nos rigiéramos, todavía, no por estudios científicos hechos por psicólogos y pediatras, sino por las palabras de un pedagogo antiguo, furioso y primitivo, que habla a través del Libro: “El que no usa la vara, odia a su hijo; y que lo ama, con muchas varas lo corrige.” (Proverbios XIII-24).

Desde el siglo pasado, y cada vez con más estudios que lo confirman, la investigación científica muestra, después de muchos matices y discusiones retorcidas, que no hay evidencia de que las palmadas puedan asociarse con alguna mejoría en la conducta infantil y más bien los resultados hablan de que estas producen un incremento en los riesgos de conductas nocivas, violentas o antisociales. Los meta análisis concluyen, en últimas, que cuando el castigo físico no hace daño, tampoco produce ningún beneficio. Y cuanto más frecuentes y violentas sean las sanciones corporales, más dañino es el efecto en el niño y en el futuro adulto.

Supongo que lo anterior, para la mayoría de los lectores de este periódico, es bastante obvio, casi un axioma que ni siquiera se discute. Y sin embargo la situación para millones de niños de este país es triste y lamentable: los maltratan y maleducan con castigos físicos. Ya el gran magistrado Carlos Gaviria, en 1994, intentó a través de una sentencia de la Corte Constitucional que se les prohibiera a todos (incluidos padres y madres) castigar físicamente a sus hijos. Su breve sentencia es también un pequeño ensayo, magistral en todos los sentidos, contra el maltrato físico a los niños y contra el artículo 262 del Código Civil colombiano, que admite que los niños sean castigados “moderadamente” por sus padres. La norma dice “sancionados”, pero el verbo allí es sinónimo de castigar. En este país violento, y que sigue educando a los niños con violencia, la norma sigue vigente, a pesar de la lucha por derogarla de Carlos Gaviria.

A veces se supone que las transformaciones de un país requieren necesariamente una gran revolución. Un cambio con efectos benéficos inmensos partiría de reformas muy pequeñas. De algo muy simple: prohibir siempre, en la calle y en la casa, la violencia física contra los niños. Suprimir la educación del miedo. Los castigos corporales afectan el cerebro y el comportamiento de personas que, maltratadas en la infancia, serán muchas veces los maltratadores de la edad adulta. Los países que han prohibido tajantemente todo castigo físico a los niños, son también los países menos violentos del mundo. Los niños más castigados son los más agresivos, y los que más agreden son también los que más agresiones sufren. No deberíamos concentrarnos obsesivamente en el abuso sexual contra niñas y niños. La sola violencia física, por bien intencionada que sea, es también muy dañina y habría que prohibirla, desterrarla, combatirla.

 

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