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Ni una añoranza

Diana Castro Benetti

01 de mayo de 2009 - 09:07 p. m.

Cuando se atraviesan los deseos, es mucho el trecho que se quiere recorrer. Hay deseos a los que se les confunden los crespos con su andar ligero y hay deseos que por indebidos seducen más de lo que deben.

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Deseos que surgen por millones y vienen como regalo sus promesas de nombre y apellido. Unos, amarran los placeres a los enchufes de moda y otros, se disfrazan de poemas de cierta exclusividad. A veces aterrizan desde lejos, como cuando nos saludan con las sedas puestas y nos atrapan en medio de un aeropuerto. Pero, no todo deseo es el rouge del labial ni el liguero pierna arriba porque, también, los hay malévolos sobrevolando países, tan capaces de usar la toga del poder para el dolor como de poner a muchos a vivir con el peligro en cuevas de nunca jamás. Cada cual debería cargar los horrores de su propio deseo.

Y cuando al aprendiz de sí mismo se le enreda un deseo entre los dedos, poco sabe maniobrar. Para evitar desastres, primero, tendrá que refrenar la necesidad y fisgonearlo con interés. Segundo, no estaría de más respirar el dichoso deseo moviendo la cabeza de izquierda a derecha y escondiéndose de él en el ombligo o detrás del esternón mismo, si fuese necesario. Tercero, conviene observar con esmero hacia dónde conducen sus pies, dilucidar qué destino trae consigo y sopesar si vale la pena que deje mella en la piel por los siglos de los siglos. Por último, resulta crucial aceptar que la responsabilidad es de cada cual y que, con suerte de principiante, se puede salir ileso de semejante pasatiempo vital.

Magas y magos degustan sus deseos con exquisitez porque saben que, así como llegan, se diluyen. Con curiosidad los ven seducir, sonreír, revolotear y decir adiós. Intuyen también que acercarse más de lo debido es de extrema peligrosidad para los embrollos y las consecuencias. Por eso, sus deseos más suculentos les aparecen envueltos en los aprendizajes de los días y son deseos ya deseados. Deseos extraños estos para ser deseos porque, a diferencia de los otros, son conversaciones de pocos afanes y de fuego lento. Maga que se respete, desea lo que ya contiene; mago en ejercicio, desea lo que es simple y corriente.

Y están también los deseos de los naguales, esos seres de conocimiento que abren las puertas de dimensiones inexploradas y que prometen vidas repletas de saberes pero no de pedanterías; plenas de lazos intensos pero no de ataduras; sabrosas en sentires pero nunca sumergidas en necesidades; ciertas de sueños mas no de espejismos. Desde un mundo no conocido, descubren sus deseos, los sueñan, se dejan soñar por ellos, pero no los convierten en una añoranza porque, en cada instante, saben que no habrá lugar para otro deseo que el instante mismo.

otro.itinerario@gmail.com

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