Por: Columnistas elespectador.com

No hay científicos prolíferos, hay mala conducta científica

Daniel Manrique Castaño*

El 13 de septiembre del presente año la sección “Vivir” de El Espectador publicó un artículo titulado ¿Cómo hacen miles de científicos para publicar una investigación cada 5 días? que resumía una investigación liderada por John Ioannidis de la Universidad de Stanford reseñada en la revista Nature el pasado 12 de septiembre. El artículo original daba cuenta de las circunstancias que permitían que cerca de 10.000 científicos publicaran un artículo de investigación cada semana.

Como parte activa de la comunidad académica, John Ioannidis, Richard Klavans y Kevin W. Boyack son bastante benévolos afirmando que no tienen evidencias de que estos autores “prolíficos” estén haciendo algo inapropiado y que esta productividad se debe a que en algunos campos o grupos de investigación se ha operacionalizado la definición de autoría. Sin embargo, detrás de ello, se oculta una historia mucho más oscura y amplia que debe ser más discutida, no solamente en los círculos académicos, sino también de cara a la opinión pública, pues muchos fondos para investigación salen de los bolsillos de los contribuyentes vía impuestos.

La ciencia es el mejor método que tenemos para construir conocimiento sobre el mundo y sus aportes son valiosos en todos los campos de la sociedad, la salud, la economía, la educación, el deporte, etc. Sin embargo, es preciso saber que en estos momentos la ciencia está en crisis, no en los fundamentos del método como tal, sino porque los propios científicos están utilizándola mal. En otras palabras, los científicos no están haciendo ciencia. Esta circunstancia es algo que ha salido a la luz pública y de lo que yo me enteré mientras estuve inscrito a la revista Nature, e incluso en medios como The Economist[1]. En lo que sigue, voy a intentar resumir un complejo problema en pocas líneas.

Por diversos motivos, la moneda de cambio de los científicos actuales son las publicaciones científicas. Esto trae consigo varias situaciones. Primero, que la “calidad” o “proficiencia” de un científico no se evalúa por cuantas vidas ha salvado con sus métodos o qué aspectos nuevos de la naturaleza ha traído a la luz, sino por el número de artículos que publica. Esto es especialmente cierto (y me refiero específicamente) a los científicos de países desarrollados como Alemania, en donde realizo actualmente mi doctorado. Aquí, usted escuchará que X persona es un increíble cardiólogo no por sus habilidades clínicas para el diagnóstico y tratamiento de las enfermedades cardiacas, sino porque publica en la revista Nature. Es lamentable que el círculo académico se rija por la premisa “publica o perece” (publish or perish). Cuando el psicólogo holandés Diederik Stapel fue descubierto por falsificar los datos de docenas de sus investigaciones, manifestó que la razón fue la presión para publicar. Y en la ciencia de hoy, difícilmente puede encontrarse otra motivación para hacer tal cosa.

En segundo lugar, las publicaciones científicas son la manera como un grupo de investigación o un jefe de Departamento de algún instituto o universidad puede asegurar financiación de distintas fuentes para sus actividades. Tenga en cuenta que los científicos no necesitan solamente un salario, sino una gran cantidad de dinero para investigar. En alguna medida esta financiación proviene directamente de las universidades, pero en la mayoría de los casos los científicos deben escribir proyectos para que grandes agencias como la DFG (Fundación Alemana de Investigación Científica) financien sus iniciativas. Desafortunadamente, hay que decirlo, sin publicaciones, no hay plata.  

Ambas situaciones son bastante desafortunadas porque subyugan al científico a publicar para poder tener los insumos de investigación, conseguir un salario y obtener el ambicionado puesto. Lo más triste de todo el asunto es que no son las instancias políticas o personas externas a la disciplina quienes han puesto estas condiciones, sino que los mismos científicos son los responsables. Quienes se encuentran en los comités que otorgan financiación, prebendas y premios no son otros más que científicos.

Ahora bien, estas condiciones generan un ambiente ideal para lo que P. Samaldino llama la selección natural de la mala ciencia[2], y funciona como indico a continuación. Para construir una carrera un científico se ve obligado a publicar. Hay miles de científicos tratando de hacer lo mismo para alcanzar las mismas posiciones como directores o jefes de departamento. Como cualquier ser humano, un científico quiere escalar en su carrera profesional. Para publicar debe hacerse ciencia. Sin embargo, hacer ciencia, y de la buena, no es fácil y toma un tiempo considerable. Por ejemplo, yo llevo 4 años trabajando en un proyecto de investigación complejo sin publicación alguna. Entonces, la ruta más fácil para la mayoría de los científicos es hacer ciencia de la mala, por un lado, y cometer malas conductas científicas (scientific missconduct), por el otro. Debido a que estas prácticas recompensan a los científicos otorgando puestos o financiación, se mantienen, se perpetúan y se transmiten a las nuevas generaciones. Samaldino ofrece un cuadro completo que recomiendo al lector abordar.

Hacer ciencia de la mala tiene varias vertientes, pero me voy a enfocar en dos de ellas: reporte selectivo y p-hacking (hacker el valor p). Es primordial entender que por alguna extraña razón en ciencia se publican principalmente los mal llamados resultados positivos y dejan de publicarse los mal llamados resultados negativos. Imagine que usted es un científico que intenta descubrir si X sustancia tiene beneficios para tratar los trastornos depresivos. Si después de hacer los experimentos usted encuentra que, en efecto, el componente X es beneficioso, usted publica sus hallazgos en una revista. Si, por el contrario, el componente no tiene ningún efecto, usted desecha su investigación pensando que perdió el tiempo y nunca la pública. Es extraño, es triste, pero es cierto. El primer efecto que tiene esta práctica es que crea un sesgo a favor de los resultados positivos. Siempre me he imaginado que si una civilización extraterrestre visita el plantea y quiere saber sobre nuestra ciencia a partir de las publicaciones científicas se preguntaran: ustedes, terrícolas ¿para qué hacen los experimentos si al final encuentran que todas sus hipótesis son correctas? Y tendrían la razón en hacer tal pregunta. Se supone que una investigación se realiza para encontrar una respuesta, independientemente de si esta concuerda o no con nuestras expectativas. Una de mis estudiantes entró en pánico porque no encontró una diferencia que esperábamos en unas células y me dijo ¿Daniel y ahora que voy a hacer? Yo respondí: escribirás que no se encontró ninguna diferencia. Que todas las células son iguales. Ella me respondió: “eso no son resultados. No tengo nada”. Es triste que las nuevas generaciones de científicos se estén formando con esas ideas.

Ahora bien, como algunos científicos piensan que simplemente gastaron demasiado tiempo y dinero para obtener el indeseado resultado negativo, están dispuestos a hacer lo necesario para que las cosas funcionen. El reporte selectivo es publicar solamente lo que es conveniente para hacerle creer a los revisores del artículo, al público y al mundo que X sustancia tiene las propiedades curativas que se le adjudican. Tengo aquí un par de ejemplos de los que he sido testigo en persona. Una farmacéutica pagó mucho dinero a un laboratorio para que probaran un compuesto con la esperanza de mejorar la recuperación neurológica en ratones que eran sujetos a una isquemia cerebral. Los datos crudos indicaron que la sustancia tenía un efecto transitorio (de 1 mes) en la recuperación neurológica y que, además, en el grupo tratado había más mortandad. ¿Utilizaría usted en humanos que han sufrido un accidente cerebrovascular un medicamento que tiene efectos transitorios en la recuperación a costa de elevar la mortandad de las personas? Creo que nadie lo haría. La solución fácil para el encargado de la investigación fue: no vamos a reportar los ratones muertos y vamos a obviar el último test comportamental (que indicaba que después de dos meses los efectos desaparecían). Al final, el estudio se publica indicando que la sustancia X beneficia la recuperación neurológica, sin decir que es un efecto transitorio y que mata más animales. En el segundo ejemplo tenemos a un joven estudiante doctoral al que los revisores del artículo que había enviado para la publicación le piden que haga experimentos adicionales para soportar una afirmación. El joven investigador se vio en la necesidad de hacer el experimento 17 veces, para al final seleccionar los tres resultados más convenientes y enviárselos a los revisores. La cuestión no funciona 14 veces, pero los revisores y el público no tienen necesidad de saberlo...

Es difícil estimar el grado de reporte selectivo en las publicaciones científicas, pero mi estimación es que se presenta en la mayoría de los casos. Implica cuestiones como eliminar información que es contraria o genera dudas sobre los resultados, ocultar información sobre procedimientos o animales, sin contar otras circunstancias más graves como la falsificación de los datos, que no se presenta en raras ocasiones.

En segundo lugar, el hackeo del valor p se refiere a utilizar herramientas estadísticas inadecuadas para hallar efectos estadísticos en los resultados. Por alguna estúpida razón, los científicos buscan que su valor p sea de 0.05 o menos. Lo más interesante de toda esta cuestión es que 9 de cada 10 científicos no saben qué es el valor p. En alguna ocasión me contactó un colega pidiéndome ayuda para analizar unos datos. Al final, el valor p fue mayor a 0.05 y su pregunta inmediata fue: ¿Qué podemos hacer para bajarlo?

El reporte de John Ioannidis en Nature, no se refería especialmente a estas circunstancias, sino a cuestiones sobre la autoría. Sin embargo, como indiqué al principio, todo esto es parte de un sistema científico que hoy no dudaría en llamar “corrupto e ineficiente”. Aquellos autores prolíficos, por un lado, podrían beneficiarse de hacer mala ciencia. Esto es muy difícil de probar, puesto que aún no se exige que los investigadores hagan accesibles los datos crudos que soportan todos sus resultados experimentales. La segunda cuestión, a la que el artículo de Nature hace alusión, se refiere a los criterios de autoría. Es un tema también bastante conocido en ciencia, con el que incluso los investigadores hacen convenios y negocios. Esta caricatura de PhD comics representa esta situación. Lo chistoso y triste al mismo tiempo, es que la caricatura refleja la realidad en buena medida.

Primer autor: Estudiante doctoral de último año en el proyecto. Hizo las figuras

Segundo autor: Estudiante doctoral en el laboratorio que no tiene relación con el proyecto, pero fue incluido porque él/ella merodeaba en las reuniones del grupo (usualmente por comida)

Tercer autor: Estudiante de primer año quien realmente hizo los experimentos, hizo los análisis y escribió el artículo completo. Piensa que ser el tercer autor es justo

Los autores del medio: Nombres de autores que nadie lee. Reservados para estudiantes de pregrado y cuerpo técnico.

El penúltimo autor: profesor asistente ambicioso o pos-doc que instigó el artículo.

El último autor: El jefe. No leyó el artículo, pero, consiguió la financiación, y su nombre famoso hará que el artículo sea aceptado.

Cuando al inicio mencioné que las publicaciones son una moneda de cambio, lo son no solamente para otorgar dinero y salario, sino también para hacer trueques o cobrar favores. En alguna ocasión un colega me pidió que hiciera unos experimentos para él, a cambio de listarme como autor en una publicación que estaba preparando. Mi respuesta fue: “sería para mí una vergüenza y una falta de respeto con los otros investigadores si yo me listo como autor sin realizar aporte alguno. Ni si quiera sé de que se trata”. Finalmente, otra persona se apuntó al negocio. En otra circunstancia, sé de un par de científicos que trabajan en diferentes ciudades pero que tienen un trato entre ellos: El uno lista como autor al otro en las publicaciones de sus respectivos institutos. Tan nauseabundo como las cosas que pasan al interior de la política.

Los llamados autores prolíficos se benefician de diversas circunstancias que pueden otorgarles publicaciones con un esfuerzo mínimo. Es obvio para cualquier investigador la imposibilidad de publicar un artículo por semana haciendo aportes significativos a cada uno de ellos. Diversas instancias como los criterios de Vancouver y las normas de la DFG en Alemania estipulan y caracterizan qué significa una contribución significativa. En términos generales: realizar experimentos, analizar resultados, contribuir con la escritura del artículo y tomar responsabilidad por el contenido. Hay algunos detalles específicos que pueden ser discutibles, pero no lo es el hecho de que autorías honorarias (por ser una persona importante o amigo del investigador principal), ser el supervisor del investigador, ser el jefe o el que consigue la plata, no lo califican a usted para ser autor. Por otro lado, no lo califican para ser autor ayudar con tareas rutinarias, proveer insumos de investigación, ser miembro del equipo, dar consejos sobre algún procedimiento, ni leer el artículo. Las normas son muy claras y los científicos son personas con educación superior que perfectamente las entienden. Es distinto que quieran pasárselas por la faja para conseguir beneficios.

Alguna vez conocí a uno de estos “prolíficos” investigadores mientras me encontraba en un congreso en Francia. Muy orgulloso de su quehacer, comentaba que la universidad le había quitado todas sus responsabilidades como investigador y profesor y que su única tarea era sentarse en su oficina para leer los artículos que le llegaban semanalmente para invitarlo como coautor, debido a que es una persona muy conocida en la disciplina. Es un negocio redondo para todo el mundo: él consigue una gran cantidad de publicaciones científicas; los autores del estudio se benefician porque la aparición de su nombre hace más probable que el artículo sea publicado; y la universidad se beneficia porque teniendo a este autor prolífero consigue más dinero para investigación. A esto perfectamente se le podría llamar el carrusel de la ciencia.

John Ioannidis y sus colegas son bastante benévolos al decir que no tienen evidencias de que estos autores “prolíficos” estén haciendo algo inapropiado, pero el propio texto indica que así es. La mayoría de sus autores prolíficos respondieron a su cuestionario que no cumplían con los criterios de autoría de Vancouver. Si es así ¿por qué tienen el descaro de listarse como autores? Por otra parte, Ioannidis dice: “Es probable que a veces la autoría se pueda jugar, asegurar a través de la coerción o proporcionar como un favor”. No es probable, es obvio. Si estas personas no cumplen con los criterios para ser autores, ¿por qué están allí si no es por cometer malas conductas científicas? La misma investigación indica que estos autores incrementaron su número de publicaciones cuando se convirtieron en profesores o directores de departamentos. Personalmente, sé lo que esto significa porque he vivido en carne propia cómo directores de departamentos, aquellos que uno conoce porque dan las palabras de bienvenida en la fiesta de navidad, terminan listados como autores en artículos que los jóvenes investigadores producimos sin que estos tengan ningún tipo de conocimiento sobre el proyecto de investigación. En el hospital donde yo trabajo, el jefe del departamento de neuroglía tiene a su cargo más de 20 grupos de investigación. Ahora imagine cuánto se podrá beneficiar solo por ser el jefe. Hay que decirlo, esas cosas suceden y están mal. Son malas conductas científicas que rayan con comportamientos de corrupción. Lo mejor de todo el asunto es que si algo sale mal no hay repercusión alguna. Hace más de una década se descubrió que el físico Hendrik Schön, que llegó incluso asonar para el Premio Nobel, falsificó por más de una década los datos de sus investigaciones publicadas en las revistas más importantes del planeta. Incluso hace poco la Universidad de Constanza en Alemania fue autorizada por la justicia alemana para quitarle su título como doctor. Sin embargo, a los “prolíficos” que se beneficiaron de las publicaciones y fama de Schön mientras el fraude estaba encubierto, nada les sucedió. Él fue quien hizo los experimentos y analizó los datods, dijeron. En ese punto, todos los “lagartos” no tenían mucho que ver con ese asunto. No obstante, las normas de autoría dicen que todos los autores “son responsables del contenido de la publicación”. No hay nada que temer entonces...

Uno de los investigadores que respondió el cuestionario de Ioannidis indica que “personalmente no los considero como ‘mis artículos’ y no los tengo en mi CV como tal, ya que existe una distinción entre ser un ‘autor nombrado’ y una autoría de ‘miembro del consorcio’” ¿De dónde sacó este investigador que existe tal cuestión de autoría como “miembro del consorcio”? En ninguna norma institucional está consagrado que ser parte de un consorcio de investigadores o de un grupo de investigación lo hace autor de los artículos que se publican. Me gustaría ver igualmente que esos artículos tampoco se encuentran en su lista de publicaciones al momento de solicitar financiación de las agencias gubernamentales. Y finalmente, me gustaría preguntarle: si no son sus artículos ¿por qué no tiene la decencia de decir “No. Gracias. No participé de la investigación”? Habrá que ser más estrictos y enseñar más ampliamente ética profesional a los científicos. Si no es así, y la cuestión es tan flexible que cada quien puede crear sus propios conceptos de autoría, que me lo digan para publicar los resultados de investigación junto con mi madre. Me gustaría tenerla como coautora por todo lo que me ha dado en la vida, que es más de lo que me ha dado el director de departamento.

La situación, es grave y preocupante por varios motivos. Primero, porque estas malas conductas están ampliamente extendidas en la comunidad académica. Cuando usted habla con colegas escuchará decir “todo el mundo lo hace. Es normal”. Una vez asistí a una conferencia del profesor Ulrich Dirnagl, un investigador que se dedica a fomentar las buenas prácticas científicas. A mi lado se encontraba un joven profesor que decía “Este señor puede decir eso porque ya ha construido una carrera. Yo no puedo hacer eso. Yo necesito publicar”. En otras palabras, estaba diciendo que para publicar hay que llevar a cabo malas prácticas científicas. Esto es una situación y una reflexión muy preocupante, más aún, viniendo de un profesor con educación académica superior que tendrá a cargo docenas de estudiantes.

Segundo, esta situación es grave y preocupante porque estos malos comportamientos están siendo inculcados a los nuevos investigadores. Si yo como supervisor incito a mis estudiantes a que oculten datos para maquillar los resultados y a que listen como autores a personas que no han hecho ninguna contribución, estoy contribuyendo al declive del quehacer de la ciencia. En los países europeos (no sé como será la experiencia en Norteamérica) la ciencia es una disciplina altamente jerarquizada. Aquí se hace y se publica lo que dice el professor (supervisor de la investigación). Y las personas aprenden ese patrón de comportamiento[3]. Después de unos años, el investigador que vino con el objetivo de esclarecer los misterios del cerebro se verá traficando con autorías, falsificando datos y haciendo mala ciencia porque hay que publicar, todo el mundo lo hace y es lo que premia la academia.

Finalmente, es grave y preocupante que las instancias institucionales y gubernamentales que deberían tomar cartas en el asunto no lo hacen. ¿Por qué? Porque tienen rabo de paja. Todas las personas que se encuentran en este momento en altos cargos directivos de la academia, y que deberían investigar estas violaciones al la ética profesional, han llegado allí beneficiadas de la selección natural de la mala ciencia. Es muy extraño encontrar en un alto puesto directivo a alguien que publique artículos siguiendo cada una de las reglas de investigación ética y participando activamente de todos ellos. Peter Higgs[4], el ganador del premio Nobel por postular la existencia de la partícula que lleva su nombre, el Bosson de Higgs, dijo que se retiró de la academia porque no se sentía cómodo con esta nueva cultura basada en las publicaciones. Él estima que en estos momentos bien podría ser considerado como un científico poco productivo. En la época de Higgs, de los años 70’s hacia atrás, la proficiencia de un investigador se medía por sus aportes al conocimiento humano, no por el número de artículos que publicaba. Einstein es conocido por la relatividad y Ramón y Cajal por sus valiosos estudios del cerebro, ninguno de ellos porque hayan publicado cientos de artículos en las mejores revistas. Ahora, si usted piensa que más artículos, es igual a producir más conocimiento, está equivocado. Es más, puedo decirle que la mayoría de las publicaciones científicas son falsas[5], alimentadas por el mismo sistema en decadencia.  Existe una iniciativa que se llama contribución (contributorship), que a diferencia de la autoría (autorship), exige que se listen las actividades en las que participó cada uno de las personas incluidas como autores en un artículo. Aunque esta iniciativa se ha implementado en algunas revistas, no ha tenido la acogida que merece, simplemente porque no es conveniente para todas estas personas que se encuentran a la cabeza de los institutos de investigación y que se han beneficiado del sistema antiético. Al menos, por el momento, pueden listarse como autores sin más, pero con contributorship tendrían que mentir sobre sus contribuciones, porque en la mayoría de los casos no hacen ninguna.

Todo esto es un tema bastante complejo que discutiré con profundidad en mi próximo libro “La ciencia y sus demonios”, donde hago un reverso, un negativo, del libro “El mundo y sus demonios” de Carl Sagan y le explico al público por qué no debe creer todo lo que la ciencia dice. Soy científico, amo mi profesión, y por lo mismo, es mi deber trabajar por ella. Este es también un llamado para que las nuevas generaciones de investigadores cambiemos la cultura científica. Todos los resultados de investigación son valiosos y hay que darlos a conocer, no se deben ocultar datos, se debe ser honesto con el trabajo propio y el de los demás, el número de publicaciones no constituyen el perfil de un investigador, trabaje por su cuenta y no viva del trabajo de los demás. En resumen, no siga este patrón tan destructivo de malas conductas. Soy bastante pesimista y no creo que la situación actual cambie, por lo menos en Europa, donde las personas aprenden la cultura de sus sitios de trabajo y en la mayoría de sus casos se apropian de ella. Sin embargo, en 20 o 30 años, quienes van a estar evaluando posiciones de profesor o financiación para investigación seremos nosotros, no los viejos que se han beneficiado de las malas prácticas en ciencia. Allí tendremos la oportunidad de hacer cambios. Hay que liberar la ciencia de las malas costumbres del ser humano, hay que liberarla de las ambiciones y puntos de vista egoístas y personales, para que vuelva a ser lo que era antes: un método para develar los misterios de la naturaleza. Hay que dejar de contar en los artículos científicos historias arregladas y empezar a dar cuenta de hechos.

*Investigador doctoral. Universidad Hospital Essen. Departamento de Neurología. 

[1] https://www.economist.com/leaders/2013/10/21/how-science-goes-wrong

[2] https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/27703703

[3] https://www.economist.com/science-and-technology/2016/09/24/incentive-malus

[4] https://www.theguardian.com/science/2013/dec/06/peter-higgs-boson-academic-system

[5] https://journals.plos.org/plosmedicine/article?id=10.1371/journal.pmed.0020124

 

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