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No nos consta

Tola y Maruja

01 de junio de 2008 - 01:42 a. m.

— Oites Maruja, vos que conocites personalmente a Tirofijo, ¿cómo era como ser humano?… Bueno, como “ser” a secas.

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— Te voy a contar cómo era un día normal de don Tiro: Como buen campirano, era madrugador… A las 4 ya estaba en pie y se tomaba el primer tinto en aguapanela y se tragaba una pepa pa la presión.

— ¿La presión militar?

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— Hasta las 5 limpiaba el fusil con pomada Brasso y polichaba las granadas… Después prendía el radio pa oír un programa que le encantaba: Las voces del secuestro.

— ¿Y verdá que una guerrillera lo bañaba?

— Pero era muy desconfiado y solamente se dejaba estregar la espalda de un guardaespaldas… Por ai a las 6 desayunaba trancado: caldo de mico, morcilla hecha con tripas de tatabra, cazabe recalentado, tajada de boa frita, güevos de colibrí con tomate y cebolla y jugo de copoazú.

— Se cuidaba don Tiro… Con razón esa pipa de miembro de Secretariado.

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— A las 7 ya estaba despachando: Hablaba con el Departamento de cobranzas, o sea estorsiones, firmaba las ejecuciones de los desertores y aprobaba los alias de los nuevos guerrilleros.

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— ¿Ejecuciones? ¡Tan ejecutivo!

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— Yo era la secretaria y me tocaba oír mucha cosa. Cuando llamaba el Negro Acacio, don Tiro le decía: “¿Cuántos kilos?… Bueno, pero que sea a mis espaldas”.

— Un político nato.

— Y cuando llamaba la pobre Karina, don Tiro me hacía señas pa que lo negara… Me tocaba inventar disculpas: que estaba al frente visitando un Frente.

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— Cuentan que don Tiro era muy cusumbosolo, muy callado, y que tocaba sacarle las palabras con ganzúa.

— Depende… Cuando cogía confianza era una cajita de música y echaba cuentos. Su cuento preferido era que estaban un bogotano, un pastuso, un costeño, un llanero y un paisa…  ¿Y adivinen a cuál reeligieron?

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— ¿Y qué contaba de su pasado?

— Tirofijo era un campesino casi analfabestia que salió de su finquita de güida de la violencia y se volvió desplazado. Y en ese tiempo ser desplazado era muy horrible porque no había semáforos dónde pedir ni puentes dónde dormir ni canecas de basura dónde esculcar… No había garantías.

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— ¿O sea que Marulanda mejor se devolvió pal monte?

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— Y fundó la guerrilla, que los godos bautizaron como “chusma”… Pero al principio la guerrilla era muy romántica: cuando atacaban un pueblo no asaltaban la Caja Agraria sino que desocupaban las floristerías y regalaban flores.

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— ¿Y al fin qué quería don Tiro?

— Ser presidente… Él se soñaba con conocer Bogotá, montar en las escaleras eléctricas de Unicentro, ser socio del club El Nogal, ir a las frijoladas de doña Olga Duque, probar el suchi…

— ¿Es verdá que nunca conoció el mar?

— Nada… La única vez que salió de la selva, estuvo en Bolivia… Por eso insistía en el despeje de Pradera y Florida, pa tener un corredor que lo sacara a conocer el mar.

— Irónico que un guerrero quiera conocer el Pacífico.

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— Cuando por la tarde nos sentábamos a ver morir el sol, don Tiro me abría su corazón…

— Pero dicen que no tenía “mango”.

— Muy cierto, no tenía… Lo perdió: “Jugó su corazón al azar y se lo ganó la violencia”… Cuando yo le preguntaba si no le tenía miedo al infierno, me decía: Ay, doña Maruja, lo que sea… No veo la hora de estar por fin en un lugar tranquilo.

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— Así es la vida: don Tiro pasó de anillos de seguridá a círculos del infierno.

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— Q.E.P.D (Que en paila descanse).

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