Por: Mauricio Botero Caicedo

No soy enemigo de la paz

El gobierno anterior cometió enormes errores en relación con el Acuerdo de Paz. Dentro de los errores adjetivos, o de forma, estuvo graduar a todo colombiano que cuestionara una sola coma de dicho Acuerdo como “enemigo de la paz”; amenazar a los colombianos con unas consecuencias temibles si no votaba afirmativamente el referendo; no haber hecho la paz un proyecto nacional, sino de gobierno (y casi exclusivamente del presidente); haberle dado mucho más importancia al apoyo internacional que al nacional, y haberse creído la fábula que realmente se había ganado la batalla por la paz. No me cansaré de repetirlo, en Colombia no había guerra sino múltiples conflictos, y el haber llegado a un Acuerdo con gran parte de uno de los actores —indistintamente que fuera el más grande— no es sinónimo de paz. Entonces hablar del posconflicto y graduar a todo escéptico de enemigo de la paz tiene tanta lógica como hablar de la possatisfacción y graduar a los escépticos como enemigos de la satisfacción. En Colombia no hay satisfacción, punto. Tampoco hay paz…

Más que las fallas de forma, lo preocupante del Acuerdo de Paz son los errores sustantivos, o de fondo: Santos adoptó una retórica que les daba a las Farc un carácter insurgente, negando u omitiendo, como señala el director académico del Instituto de Ciencia Política, Carlos Chacón, “las dimensiones y los alcances de esa organización como estructura de crimen organizado transnacional implicada en diversas redes delincuenciales y de terrorismo internacionales”. El gobierno anterior -desoyendo a uno de sus integrantes, Rafael Pardo, que en su día advirtió que mientras haya coca, no habrá paz- permitió que los cultivos de coca se quintuplicaran. Existe, y eso lo demuestra el reciente artículo de Eleonora Dávalos en el diario El Tiempo (junio 16/19), una estrecha correlación negativa entre el aumento de las siembras de coca y la disminución de la aspersión aérea. Y sin esa erradicación aérea, el pretender disminuir el área en coca es una ilusión. Otro error sustantivo fue la torpeza con que se manejaron las relaciones con Venezuela, país que, como bien lo señala Chacón, “constituye una amenaza híbrida, pues se convirtió en un centro regional de operación para toda clase de redes criminales, como el “cartel de los soles” o Hezbollah. Además operan países como Cuba, Irán, Rusia, China, Turquía y Catar. El poder gubernamental venezolano se puso al servicio de la criminalidad y de intereses extranjeros que respaldan al régimen, y se benefician de todas las economías ilícitas que allí funcionan”. El haber colocado a este país, vector de la criminalidad, como uno de los “garantes de la paz”, era tan torpe como cínico.

Si el gobierno anterior, en vez de la fanfarria algo ridícula y las comparaciones fantoches con Lincoln y Churchill, le hubiera dedicado más tiempo a asegurar los recursos para implementar los acuerdos y a encontrarle soluciones a la enorme problemática que conllevaba la reinserción, posiblemente no estaríamos en el berenjenal que estamos. Para mejor entender las pompas y las vanidades de la paz, el lector haría bien en leer el reciente artículo de Antonio Caballero en Semana, “Canto a mí mismo”.

Apostilla: teniendo en cuenta que fuera de Santrich otros narcotraficantes han pasado por el Congreso, uno se pregunta si, en aras de la “discriminación electoral positiva”, ¿es momento de crear una circunscripción especial para el narcotráfico?

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2019-06-23T00:45:20-05:00

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