Por: Alvaro Forero Tascón

Normalización o populismo

La democracia colombiana  tenía un reto muy difícil en estas elecciones: hacer la apertura democrática sin sucumbir al populismo. Es decir, que la transición generada por la finalización del conflicto armado con las Farc llevara a la normalización de la vida política del país, y no a una orgía populista de izquierda y derecha.

Permitir la entrada de la izquierda en condiciones electorales competitivas después de casi 70 años de bloqueo, lo que había producido unas distorsiones democráticas grandes, era un reto equivalente a cuando una economía centralizada se abre a la competencia, como en la transición económica de los países de Europa del Este. El sistema político está pudiendo absorber ese cambio profundo que, tarde o temprano, desde el poder o desde la oposición, presionará reformas que otros países de desarrollo comparable realizaron hace tiempo, como en materia agraria.

Y domar el populismo que revivió cabalgando sobre el fin del conflicto armado con las Farc, que era el factor legitimador del sistema político clientelista. Como en 2002, el proceso de paz generó una oposición populista autoritaria o de derecha que produjo unos altísimos niveles de indignación frente a las instituciones del Ejecutivo en cabeza del presidente Santos, del Congreso representado por los partidos que apoyaron la paz, y de la justicia que avaló los acuerdos de paz. Como advertimos en esta columna desde hace años, el populismo de derecha generó una reacción equivalente y la indignación generalizada terminó siendo caldo de cultivo del populismo de izquierda.

Pero aunque las expresiones populistas tomaron dos partes significativas de la torta electoral, no lograron mayorías y tuvieron que agachar la cabeza y negociar. A diferencia de Donald Trump, cuyo populismo le bastó y no necesitó negociar con otros sectores ni amainar su extremismo. Con la bandera anti-Farc desgastada y con la necesidad de recuperar el apoyo de los partidos para reunificar el establecimiento, asegurar el triunfo y tener gobernabilidad, el uribismo tuvo que reemplazar el populismo anti élite política por anti populismo, y para lograrlo debió recurrir a un candidato moderado, ajeno al radicalismo ideológico y con capacidad de generar lazos con el centro del espectro político. Gustavo Petro tuvo que abandonar sus propuestas de cambio general del sistema y amainar sus amenazas a la élite económica. Ambos candidatos hicieron una campaña de segunda vuelta marcada por el ablandamiento de las posiciones que les habían permitido consolidar su base de apoyo, pero que les impedía obtener el poder porque una porción del electorado, superior a un tercio, se plantó en el centro y rechazó los extremismos. La pregunta es si el elegido gobernará con la plataforma moderada con que ganó, o sucumbirá al extremismo de su partido, en el caso de Iván Duque, o al de sus obsesiones, en el de Gustavo Petro.

Pero la historia de Colombia cambió profundamente en estas elecciones gracias al proceso de paz. Ya consiguió el cambio más importante, normalizar el sistema político para que, con verdadera competencia, pueda descongelarse y empezar a hacer reformas urgentes porque, desde el gobierno Gaviria, la única estructural ha sido la de la paz.

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