Algunos neurocientíficos están encontrando que registramos el placer social en las mismas regiones de la mente humana donde captamos el placer físico. Aunque es un área de investigación reciente, hay experimentos que demuestran que cuando nos dicen que estamos en lo cierto, sentimos un inmenso placer, similar al que nos produce una caricia o el olor a pan fresco. Asimismo, la exclusión y el rechazo social nos producen un dolor indistinguible del que sentimos cuando nos cortamos con un cuchillo.
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Esa mente se fraguó desde cuando sobrevivir era la excepción. Por milenios, las tribus de nuestros antepasados en cavernas enfrentaban constantes amenazas fatales, y en nuestra mente quedó sellado ese instinto de identificarnos con el grupo que valida lo que somos frente a un enemigo común; eso nos da satisfacción.
La era del internet le calza bien a esa mente nuestra así enhebrada. Los algoritmos de las redes sociales secreta y mágicamente nos conectan con quienes piensan como nosotros, con aquellos que se indignan por las mismas cosas, entonces nos sentimos parte de algo e inconscientemente complacidos. Bajo esa misma lógica, los comentarios que más nos despiertan rabia moral nos unen frente al otro, por eso son los más atractivos y virales. Los sicólogos están explorando incluso si el fenómeno virtual no está inflando la sensación de que vivimos bajo riesgo o exacerbando la indignación por cualquier cosa.
Como dijo recientemente la radio pública estadounidense en un episodio de su pódcast Hidden Brain (La mente escondida), que explora los patrones inconscientes tras la conducta humana , “el odio atrae los clics en internet, lo que quiere decir que mucha gente tiene ahora un motivo o incluso un modelo de negocio sobre la base de ponerte furioso”.
Quizás también por eso hay un creciente número líderes, como Trump, que construyen su éxito político elevándose sobre los algoritmos de las plataformas virtuales que recompensan las opiniones extremas e hinchan la percepción de peligro. Conocen y explotan la adicción de las mentes a indignarse con los de su “tribu” para defenderla de enemigos reales o falsos que “amenazan” nuestros valores o modo de vida. Dejan un rastro de odio que será perfume para millones de excluidos que quieren pertenecer, identificarse, a sabiendas de que por ello los seguirán.
En cambio, es más difícil que la marea virtual arroje a la red de los políticos del enojo a los ciudadanos que, al decir de Pascal Boyer, “preguntan por evidencia, debaten la veracidad de tus argumentos, te dan la señal de que su solidaridad es condicional”.
Reflexionemos acerca de nuestra situación actual, queridos navegantes. Desde la izquierda o la derecha nos indignamos con toda honestidad, posteamos en defensa de nuestros valores sagrados y vemos animados que entre más iracundos seamos más escuchan nuestra voz y más asciende nuestro líder. Mientras tanto, sobre nuestros hombros inocentes cabalgan negociantes haciendo millones a costa de nuestra indignación y políticos cosechan éxitos que nos llevan del cabestro a la violencia.
Si no desentrañamos pronto cómo la era virtual nos empuja a esa trampa, podemos terminar engañados como aquellos patéticos seguidores de Trump de banderas desuetas, que, según repitieron en su juicio ante el Senado, estaban convencidos de que su líder creía en su causa. En Colombia, donde apenas si hemos vislumbrado la paz, de no resistir el placer de rabiar en las redes para sentirnos más a gusto con nuestra “tribu”, haremos que prosperen los candidatos más incendiarios. De llegar a imponerse con la ayuda de sus fanáticos virtuales, harán como Trump y al primer revés nos abandonarán alegando que nada tuvieron que ver en la tragedia.