Por: Héctor Abad Faciolince

Nostalgia del silencio

Hay semanas en que los sucesos del país y del mundo son tantos y tan dolorosos y confusos que no alcanzo a comprenderlos ni a digerirlos y quedo, literalmente, aturdido por tanto ruido. Algunos ejemplos:

1. Una niña guatemalteca de siete años, Jakelin Caal, se muere de hambre y sed tras cruzar el desierto de Nuevo México con su padre, y después de ser detenida por la policía de frontera de Estados Unidos.

2. Los estudiantes de las universidades públicas colombianas consiguen arrebatarle al Gobierno concesiones por $4,5 billones, el mismo día en que Esteban Mosquera, un estudiante de música de la Universidad del Cauca, pierde un ojo como consecuencia de la explosión en su cara de una granada aturdidora lanzada por el ESMAD. Muchas marchas y destrozos, muchos heridos y hasta un ojo de la cara costó una lucha bastante sensata.

3. Se conocen los detalles de las cifras millonarias que pagó Trump para acallar a las mujeres que sedujo y maltrató en el pasado, de modo que sus denuncias no interfirieran en su carrera hacia la Casa Blanca. Su abogado, Michael Cohen, confiesa todos los detalles y le dan tres años de cárcel por violar las leyes de financiamiento de la campaña electoral. Trump, el gran mentiroso, no pierde popularidad, sino que la gana, por maltratar mujeres.

4. Los niños centroamericanos forzados (por orden del mismo Trump) a ser separados de sus padres al cruzar ilegalmente la frontera gringa, al cabo de años o meses de estar confinados en campos de detención, cuando los entregan otra vez a sus madres deportadas, ya no las reconocen siquiera.

5. Dejan de publicar en papel el único verdadero periódico de oposición en Venezuela, después de resistir durante años al asedio del inepto y corrupto régimen venezolano. Al mismo tiempo un aliado del chavismo, el tirano Daniel Ortega, manda allanar las oficinas de redacción del periodista Carlos F. Chamorro: un asalto a la libertad de prensa y de expresión en Nicaragua contra uno de sus periodistas independientes más limpios y emblemáticos.

Son noticias como estas, repito, las que me dejan aturdido y me hunden en el desconcierto. Empiezo entonces a escribir sobre cualquiera de estos temas. Primero el uno, luego el dos, el tres, el cinco… No. Me salen un par de párrafos moralistas y desgarrados, que sé que serán perfectamente inútiles, que si mucho sé que conseguirán hacerme sentir mejor por un rato, con la ilusión de haber enarbolado una bandera moral contra el horror de los actos violentos, arbitrarios, absurdos. Pero sé que todo será tan inútil, tan autocomplaciente con mi ética y tan furioso con la bajeza de los demás, que después de esos párrafos me detengo, tacho, borro y regreso al silencio. Eso de estar rasgándose las vestiduras es un acto de curas laicos que no saben qué hacer. Gritos de un loco que se cree Savonarola y hace discursos enardecidos contra los inmorales.

Me siento como un traficante de palabras, un hacedor de sermones. Repaso mis artículos más recientes: sobre el asesinato de Khashoggi; pidiendo la renuncia del fiscal que se investiga a sí mismo; protestando por la alianza de empresarios y populistas a favor de las motos (es decir, contra la salud pública y el transporte público)… Peroratas, diatribas, moralismo. Cuando uno lleva 40 años escribiendo columnas de opinión, hay semanas en que lo único que siente es la inutilidad de este oficio. Un granito de arena que se añade al desierto.

Me quedo callado, no escribo ninguna de las columnas anteriores, trato de ensimismarme. Quisiera escribir un artículo en blanco que fuera como un homenaje al silencio. Un acto nihilista. Los periódicos están cerrando o desapareciendo, todo se va a convertir en el ruido perpetuo de las redes sociales. Hay desplazados geográficos y también desplazados laborales. Los periodistas del siglo XX nos estamos quedando sin voz y sin oficio en el siglo XXI. Nos pedimos silencio, pero ya no hay silencio. El silencio ya no existe.

 

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