¿Cuáles son las razones de la movilización?

hace 15 horas
Por: Carlos Granés

Notre Dame y el fin de la historia

Nadie duda de la capacidad destructiva del ser humano. El medio ambiente padece a diario de esa mezcla de pragmatismo y desidia que ha convertido los ríos y los mares en las alcantarillas y los basureros de la humanidad. Lo que sorprende no es que destrocemos, sino que cuidemos, y quizás por eso el incendio de Notre Dame conmocionó al mundo entero.

Porque parecía que ese tipo de cosas ya no volverían a ocurrir. Como si el tiempo se hubiera detenido para ciertos monumentos, habíamos decidido que no correrían la suerte del medio ambiente y que los preservaríamos. Se esperaba entonces que quedaran suspendidos en el tiempo, eternos, sumándose poco a poco a esa lista de maravillas en la que están las pirámides de Egipto, Machu Picchu o Petra, huella del pasado y el testimonio de culturas antiguas. Y también, qué duda cabe, una suntuosa escenografía para las fotos y selfies de rigor. Que nadie se sorprenda: el turismo y sus beneficios económicos, más que el interés por el pasado y la cultura, es lo que estimula el cuidado y la inversión en estos sitios. Por eso no los hemos dañado.

Pero de pronto ocurrió lo impensable. Un error, una chambonada, y uno de los más importantes monumentos de Occidente, que parecía destinado a ser eterno, ardía en directo por las pantallas de todo el mundo. Las llamas devoraron el techo y la imponente aguja de Notre Dame. A punto estuvieron de vulnerar su estructura y decretar su extinción total, pero al final hicieron otra cosa muy distinta: la devolvieron a la historia.

Por extraño que resulte hoy en día, lo normal para este tipo de monumentos, que se supone tiene un uso más allá del turístico, es hacer parte de la historia. Es decir, sufrirla, testificarla; acompañar al ser humano en el lento recorrido por el tiempo, que no es otra cosa que un vacío que se llena con guerras, tragedias, dichas, accidentes y, sí, cómo no, también con chambonadas. De manera que esa gran tragedia puede redundar en beneficio de la catedral. Puede significar un designio distinto al de ser una efigie embalsamada, ajena a la evolución de las sociedades y víctima de ese fin de la historia que el turismo internacional quiere decretar para tantos monumentos.

Todo dependerá de qué visión predomine en el debate que se ha abierto. Porque ahora que la catedral echa humo y demanda una intervención urgente, las opiniones se dividen. Hay quienes prefieren que la cúpula y la aguja devorada por las llamas sean repuestas sin variación alguna, y hay quienes consideran que la catedral debe volver a sintonizar con el presente y asimilar añadidos arquitectónicos del siglo XXI.

Aunque hoy en día, con tantos arquitectos proclives a convertir sus edificios en espectáculos autopublicitarios, dejar a la buena de Dios un monumento así es un riesgo, creo que es lo lógico y, paradójicamente, lo más auténtico. La reconstrucción momificada de la iglesia tal cual era parece un ejercicio más propio de ciudades simulacro, como Las Vegas, que de urbes vivas que atesoran múltiples capas históricas en sus edificaciones. Como toda estructura viva, Notre Dame debe seguir en contacto con la historia. Aún no le ha llegado el momento de convertirse en Chichén Itzá o en el Coliseo de Roma. Que lo disfrute, que se renueve, que siga de pie en la historia.

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2019-04-26T01:00:56-05:00

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2019-04-26T01:15:01-05:00

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Notre Dame y el fin de la historia

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