Sombrero de mago

Nuevo año, viejas necesidades

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Somos más tiempo que sueños, aferrados a espacios físicos, a veces de infame reducción y carencia. ¿Qué cambia aparte de las hojas del calendario con el paso del último día del año viejo a otro del llamado nuevo año? Quizá nada de fondo. ¿Un nuevo año significará que las estructuras de un sistema se desbarajusten así no más, porque han quedado atrás unos números? Puede haber algún ánimo espiritoso; puede que alguien desee más que otros que las cosas sean diferentes; tal vez, alguno jugando al arúspice, vea en el vuelo agorero del gallinazo una corazonada de que el mundo va a cambiar solo por la inevitable zancada de un almanaque a otro.

Nos gusta, ¡claro!, que lo malo y lo peor queden atrás. Que no haya, en un país como el nuestro, de desventuras permanentes, más masacres, ni más líderes sociales asesinados, ni esa inequidad social tan degradante, ni tantos asesinos sueltos, tantos hampones disfrazados de políticos o de falsas ovejas con cara de mansedumbre y corazón de verdugo. Pero para que haya cambios de fondo no basta el tránsito de un año a otro. O, como decía una canción setentera, “no basta rezar, hacen falta muchas cosas para conseguir la paz”.

Qué más querría uno que el tal “nuevo orden mundial” no estuviera basado en las exorbitantes ganancias de una minoría, en el ejercicio del despotismo y de las desigualdades. Que todo fuera como un país de Jauja, con huríes y nínfulas que nos convocan a la felicidad y a los juegos de piel, con jardines epicúreos que nos aíslen de la maldad y de aquellos que son en exclusiva un lobo para el hombre. No es así. Aunque soñar es válido, hay que tener los pies sobre la tierra, como decía el hombre que caminaba sobre la cuerda floja.

Tal vez lo que sugiere la marchita última hoja del calendario, más que una conjura de deseos, de quereres sin dolor (un imposible, porque el amor duele) es lo que nos anuncia Fausto, sí, el de Goethe: “También esta noche, Tierra, permaneciste firme. / Y ahora renaces de nuevo a mi alrededor. / Y alientas otra vez en mí / la aspiración de luchar sin descanso / por una altísima existencia”. Convengamos que el cambio de tiempo nos requiere para el infinito caminar al borde del abismo, para el continuo desafío de luchar por la justicia y contra la opresión.

Ojalá todo fuera tan simple y que, con el paso de un año a otro, sobre todo después del funesto año de la peste, el malhadado 2020, el mundo fuera otro, en el que no hubiese más atentados contra el planeta ni contra los pueblos que son pobres por tener muchas riquezas que no les dejan gozar. Puede que, al caer el telón de un dramático año, revivan los sueños, se fortalezcan las utopías, se despierten nuevas ganas de modificar el entorno y las relaciones de poder. Válido. Tal vez, necesario.

Así como necesaria es la lucha, la intención de cambiar el mundo, de transformarlo en pro de los que siempre han estado al margen de la economía, o han sido sus víctimas, los olvidados y zarandeados por unos cuantos despojadores. No está mal querer que el orbe sea distinto, que se piense en los modos de forjar otras relaciones sociales, como aquel ya antiguo sueño de que no haya explotadores ni explotados. Pero estas aspiraciones no se concretan así porque así, o solo porque se terminó un año y se inicia otro, que, quién quita, podría ser peor que el anterior.

Somos tiempo. Ya no recuerdo cuál poeta advirtió que “la única verdad es el tiempo”. Puede ser una hipérbole, pero algo tiene de certidumbre. Hay una continuidad en esa suerte de invención humana que es el tiempo, el relativo, el infinito, el finito, el de los relojes, el atómico. El de la historia y el que transcurre en los sueños. Es posible que en un solo día haya cambios profundos, o, como también ha pasado, que en mucho tiempo no se presente ninguna alteración, que el poder ni se despeine y prosiga ejerciendo su tiranía con aparente naturalidad y de manera impune.

En cualquier caso, se espera, y hay que coadyuvar a su concreción, que el 2021 sea de mayores luchas sociales, de más resistencias civiles, de redoblados cuestionamientos a los dueños del mundo y del paisito llamado Colombia. Por estos días de transición de un año a otro han circulado bellos poemas y otros escritos clásicos, como el Año nuevo, de Pessoa, que dice en un verso que “nada comienza: todo continúa”, como si de un eterno flujo se tratara.

Ah, y de manera más íntima, tal vez sigamos requiriendo, como lo pide Francis Bacon, el de la Nueva Atlántida, “vieja madera para arder, viejo vino para beber, viejos amigos en quien confiar y viejos libros para leer”. Feliz año, a pesar de todo.

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