Por: Rafael Orduz

Obediencia y banalidad del mal

Gente normal, que ha gozado de oportunidades para educarse, que ha viajado por el mundo, que tiene responsabilidades públicas, suele referirse a la violencia que recae sobre otros en forma indiferente o despectiva. No son, ni mucho menos, perpetradores de violencia. Sin embargo, son muestra de una variante de la banalización del mal.

Hace 57 años, en el 61, se inició el juicio contra Adolf Eichmann, el criminal de guerra secuestrado en Buenos Aires por miembros de la inteligencia israelí y ejecutado en mayo del año siguiente. Eichmann, que al finalizar la guerra contaba con apenas 41 años, fue un diligente miembro de las SS hitlerianas, a cargo de planear parte de la logística de transportes asociada a la cadena fatal que condujo al Holocausto. La revista The New Yorker envió a Hannah Arendt a cubrir el juicio en Tel Aviv. Los informes presentados fueron recopilados en un libro, Eichmann en Jerusalén, subtitulado con las palabras Un informe sobre la banalidad del mal.

Eichmann, obediente, juicioso, podría, bajo otros estándares, ser catalogado el empleado del año. Eficiente, cumplido, incapaz de ver sangre. Sólo seguía órdenes, decía. Responsable efectivo de la muerte de centenares de miles de judíos, lo grave consistía en que podía catalogarse de persona “normal” . Simplemente hacía la tarea y procuraba ir más allá, con tal de sumar puntos en su carrera profesional. No era, pues, lo que hoy pudiera denominarse un sociópata. Un burócrata de una maquinaria de guerra que bien podría haber trabajado, en tiempos de paz, en alguna oficina de trámites exigentes en sellos y firmas, poblada de expedientes.

En escalas bastante diferentes a la mortandad de las guerras mundiales del siglo pasado, en Colombia nos agobia la banalización del mal por la forma en que nos referimos no solo a los hechos de violencia, sino a la corrupción pública y privada.

Comenzando por el hecho de no contar la sociedad con un consenso en el rechazo a la violencia, independiente del perpetrador. A pesar de que en Colombia no median diferencias religiosas que pudieran compararse con los abismos entre, digamos, extremistas chiítas y suníes, o entre radicales musulmanes y cristianos, o nacionalistas serbios y musulmanes de Bosnia, el lenguaje y la actitud para referirse a las víctimas acá dependen de la tribuna ideológica. Habrá, entonces, víctimas menos valiosas y perpetradores más o menos justificados. Para ello, hay que seguir, con obediencia, el guion de los orientadores, de los caudillos.

En cuanto a la corrupción, hay que dar alaridos en contra de ella y, al mismo tiempo, callar lo que pudiera relacionarse con la de los propios jefes o movimientos políticos. El huracán Odebrecht es bueno a conveniencia, siempre y cuando encochine al rival.

La referencia al asesinato de líderes sociales en Colombia por parte del ministro de Defensa como resultado de líos de faldas es otra imperdonable muestra de la banalización del mal.

 

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