Por: Nicolás Uribe Rueda

Obras son amores

No son ni pocos ni flojos los que tienen fincadas sus expectativas políticas y potencial éxito electoral en la mala hora de Colombia y el correlativo fracaso del gobierno de Iván Duque. Por ello están empeñados, graciosamente, en atribuirle al presidente electo la responsabilidad sobre los fracasos del gobierno que aún no termina y anticipadamente andan culpándolo de lo divino y de lo humano, sin que él todavía haya podido siquiera terminar de armar su equipo de gobierno.

De alguna manera, hay que decirlo, la oposición sabe y aprovecha lo que es lamentablemente cierto. El país está en problemas y tiene retos enormes que no serán fáciles de resolver. La economía está maltrecha y los actores económicos no tienen entusiasmo, el proceso de implementación con las Farc es caso vergonzoso de gerencia pública, se han incubado nuevas y tenebrosas violencias aupadas por la coca, el Estado ha dejado territorios enteros nuevamente a manos del crimen, hay paros en suspenso esperando medir el grado de subordinación del nuevo gobierno so pena de un levantamiento popular, ha regresado la amenaza sistemática a los periodistas de todas las tendencias ideológicas y la racha de crímenes contra líderes sociales ya supera los 330, como bien lo registra la Defensoría del Pueblo.

Es claro, pues, que será más fácil para Duque fracasar que hacer un buen gobierno, y esa es la razón por la que, a pesar de la derrota, a la oposición del presidente electo se le ve con frecuencia exhibiendo una sonrisa socarrona, mientras pasan de agache por la sociedad en la que participaron y su cuota de responsabilidad política en tantos temas que tienen al país embolatado y que serán parte de la complicada herencia que recibe el nuevo presidente.

A pesar de las dificultades arriba mencionadas, las primeras señales del nuevo gobierno son reconfortantes. Vale la pena reconocer el buen sentido del periplo institucional que ha llevado al nuevo presidente a conversar con la Procuraduría, la Defensoría, la Fiscalía, las Cortes, la JEP, los gobernadores y los empresarios, entre otros, para que los conflictos se tramiten sin pugnas y choques mediáticos, que tanto daño le hacen a la solidez de nuestro sistema político. Esto es concomitante con el buen tono del presidente y su reiterada preocupación para no atizar esa pugnacidad crónica en la que hemos vivido durante los últimos años por cuenta del proceso de paz. El nuevo gobierno parece entender con meridiana claridad la necesidad de evitar la polarización, unir y lograr acuerdos nacionales para tramitar las más urgentes reformas institucionales. Este talante, sumado a un importante apoyo en la opinión, el trato respetuoso a los sectores independientes y opositores, será además el único camino que permita una nueva manera de interlocución y relación con el Congreso, sin auxilios, cupos, puestos y contratos.

Está por llegar, sin embargo, el fin de la prosa favorable a las buenas intenciones y en breve será tiempo de que las actuaciones y realizaciones del gobierno Duque empiecen a hablar por ellas mismas. La sociedad, vale la pena recordarlo, no está escatimando en sus expectativas.

@NicolasUribe

 

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