Por: Juan David Zuloaga D.
Atalaya

“Oír ese río”

Encuentra abrigo por estos días en las librerías del país un libro curioso que le quiere rendir poético homenaje al río; se titula, con un palíndromo tan ingenioso como de grata recordación, Oír ese río.

El libro tiene varias particularidades dignas de ponerse de relieve, pero quizás la que más llama la atención es que se trata de una antología en la que tienen cabida poetas de los cinco continentes que, congregados alrededor del río, publican los versos en sus lenguas vernáculas, con su respectiva traducción al español. Más de 100 autores comparten sus poemas en esta antología que alberga versos en 27 idiomas.

La antología fue hecha por los poetas Esteban Charpentier y Robert Max Steenkist; la diagramación y las ilustraciones estuvieron a cargo de Peter Tjebbes, dando como resultado una obra de casi 500 páginas que recogen la poesía de muchos artistas del mundo (y aquí viene a cuento la expresión sin hipérbole alguna).

El proyecto pudiera decirse continuación natural de Antología para la mariposa, a la vez que preludio de un compendio que rendirá homenaje a los árboles. Aquel —primero de esta serie en marcha— fue un libro de poesía, ilustración y música que reunía textos en 11 lenguas y que, en verso, retrataba la diversidad, la belleza y las metamorfosis de las mariposas.

Poetas no sólo de todos los rincones, sino también de la más varia condición se dan cita en este libro peculiar. Me llamó la atención la historia —por reseñar sólo uno de los 114 poemas que recoge este poemario— de un antiguo guerrillero que, proveniente de las montañas del Cauca, publicó su evocación de ese río, a la margen del cual habrá vivido las más inenarrables historias, las más indecibles peripecias; Río Atá, Marquetalia cuna de la resistencia se titula. Allí está la poesía, una vez más, recordándonos que escribir versos es trazarse el secreto y nunca logrado propósito —pero no por ello vano ni por ello menos encomiable— de decir lo inefable.

El libro se lanzó hace unas semanas en el onceno piso del Hotel EK. Un río de gente, concentrado en la terraza alrededor del libro, oía recitar versos de Oír ese río. Se leyeron unos cuantos, algunos por los propios autores, y poemas se leyeron también en sus lenguas originales como “Door rood” (“Rojo que atraviesa) de Tsaed Buinja, que se leyó en neerlandés. La noche fría y lejana contemplaba a esa multitud reunida en lo alto, un viento frío se ensañaba con los presentes y unas gotas de una lluvia fina pero constante acudieron a la cita, como evocación silenciosa y precisa de ese río que desde la altura no se veía y sin embargo se adivinaba porque a él, mientras se recitaba, se aludía. Y yo, que estaba presente, no puedo imaginar mejor marco para el lanzamiento del libro ni mejor invitación para su lectura.

@Los_atalayas, [email protected]

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