Por: Juan David Zuloaga D.

El dilema de la movilidad bogotana

Recuerdo pocos debates tan decisivos en la historia reciente de la ciudad como el que dividió los pareceres en torno a la venta del 20 % de las acciones de la Empresa de Energía de Bogotá.

El propósito es bueno y creo que nadie lo discute: conseguir recursos para mejorar la movilidad de la capital con el fin de invertirlos en ocho grandes proyectos que ayudarían a descongestionar el tráfico. Lo que está en cuestión es la manera de financiar esos proyectos que —dado el estado actual de la malla vial, los sistemas de transporte público y el tiempo invertido en desplazamiento— son urgentes y necesarios.

El panorama no podría ser más preocupante: el parque de carros particulares se duplicó en la última década en Colombia, mientras que en Bogotá apenas si se construyeron nuevas vías; los tiempos de desplazamiento en los medios de transporte han venido aumentando en los últimos años, con la pérdida en la productividad que ello implica y con el descenso en la calidad de vida de los ciudadanos; la ampliación de los sistemas de transporte público se ha retrasado, cuando no se ha detenido del todo (como ha ocurrido con ciertas troncales de Transmilenio que estaban proyectadas); y la apuesta por desincentivar el uso del vehículo particular mediante el uso de la bicicleta es aún insuficiente.

Lo que está en discusión, sin embargo, es si tales proyectos deben financiarse de golpe y con la venta de las acciones de la Empresa de Energía de Bogotá, subsanando en parte el atraso en movilidad y la negligencia e incompetencia de las últimas administraciones (desde que el Polo Democrático asumió la comandancia de la ciudad, digamos), o si, en cambio, deben preservarse las acciones de la Empresa de Energía que entregan, años tras año, buena parte de lo que la venta pretende recaudar.

Este es el dilema. Y es un dilema doloroso porque de no haber sido por la poca ejecución y la pésima administración de las Alcaldías pasadas quizá no nos hubiéramos visto abocados a él. Pero urge resolverlo, porque de él depende en buena medida el destino de la ciudad y la calidad de vida de sus habitantes. Según las bancadas y los pesos del actual Concejo se sabe cuál es la decisión al respecto. Esperemos que la cura no se muestre muy onerosa en el largo plazo para un mal que, en cualquier caso, había que intentar remediar, o al menos mitigar.

Mientras tanto hay que tomar pequeñas medidas que ayuden a descongestionar el tráfico o que prevengan la congestión: que las grandes empresas de alimentos y bebidas hagan los repartos en las horas de la noche, que los camiones grandes de carga no puedan transitar por todas las vías de la ciudad y que los carros de valores no puedan parquear a cualquier hora y en cualquier calle de la ciudad. Tal vez estas medidas no cambien de manera radical el tráfico de la ciudad, pero hay que empezar por algo, porque cualquier minuto que se le quita al desplazamiento es un minuto que le podemos dedicar al cultivo de la felicidad.

[email protected], @Los_atalayas

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