Por: Gustavo Páez Escobar

El Quindío actual

En 1969, tres años después de iniciada la independencia administrativa del Quindío, llegué a Armenia como gerente de un banco, posición que ejercí durante quince años, hasta mi regreso a la capital del país.

Por lo tanto, me correspondió presenciar el despegue del nuevo ente territorial, que debido a su dinamismo y organización fue bautizado como el “departamento piloto de Colombia”.      

La región pasaba por el mejor momento de prosperidad bajo el empuje del café, que era la principal fuente económica del país y que tenía al Quindío como uno de los grandes productores del grano. Se contaba con una clase dirigente de lujo, salida de los dos partidos tradicionales, cuya mira primordial era el progreso de su tierra.

El mayor auge se vivió con las bonanzas cafeteras iniciadas en el periodo 1975-1977. El Comité de Cafeteros cumplía ponderada labor al encauzar la riqueza hacia obras de infraestructura rural. Esto permitió la construcción de vías, acueductos y otros planes esenciales para la comarca. No faltaban los problemas, pero había voluntad y capacidad para resolverlos.

Atraído por la bonanza cafetera, en 1978 apareció Carlos Lehder, oriundo de Armenia y convertido en capo de la cocaína. La sociedad se pervirtió bajo el imperio de las drogas y el dinero corrupto. Todavía quedan secuelas de aquella época nefasta.

Más tarde ocurrió la caída del café en la vida colombiana. Esto ocasionó en el Quindío la grave crisis económica de la que aún no logra recuperarse. Mi novela La noche de Zamira (1998) se mueve en esta atmósfera de la riqueza repentina y la pobreza desconcertante.

Como la gente quindiana es creativa y no se deja apabullar por los reveses, nacieron planes para sustituir el café por otros productos y fomentar el turismo en las fincas hoteleras que hoy atraen a numerosos visitantes. Pero el remedio no ha sido suficiente para conseguir el brío económico de otras épocas.

El terremoto de 1999, la mayor catástrofe que ha sufrido la región, dejó tremendos daños en el Eje Cafetero: 26 municipios afectados, 1.230 muertos, 5.300 heridos, 50.000 edificaciones averiadas. El impacto mayor lo recibió el Quindío, y sobre todo, su capital. Sin embargo, gracias al estoicismo, el esfuerzo y la valentía de la población, brotó de las ruinas una ciudad moderna. Y un Quindío nuevo.

Con mi cordial amigo César Hoyos Salazar, expresidente del Consejo de Estado y exalcalde de Armenia, ciudad bella y pujante, recorrí hace poco tanto el área urbana como los municipios quindianos. Y me maravillé de las obras de esplendor y desarrollo que surgen por todas partes. 

Hay serios problemas, como la depresión económica, el desempleo, las bandas criminales, la corrupción, la degradación social, pero el territorio sigue en pie. Parece que estuviera ileso después del terremoto. Es increíble que haya resistido tantas desgracias.

Hacen falta los dirigentes de avanzada de otros días, y ojalá se busquen fórmulas salvadoras para salir de la encrucijada actual. En el portón de una casa de Pijao leí este aviso que adquiere mucho sentido en estos días: “El agua vale más que el oro. No a la megaminería”.

La región cafetera fue declarada por la Unesco, en el 2011, Patrimonio de la Humanidad, y como homenaje a la belleza ecológica recibió el título de Paisaje Cultural Cafetero de Colombia. Honor inmenso que debe compaginarse con el florecimiento económico y social que se perdió, y que medio siglo atrás hizo del Quindío el “departamento piloto de Colombia”. 

escritor@gustavopaezescobar.com 
 

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