Por: Armando Montenegro

En la era de la posverdad

El Diccionario Oxford anunció hace poco que la palabra del año es “posverdad” (post truth), un término que se difundió masivamente a raíz de los sorpresivos triunfos del Brexit y de Donald Trump.

Resulta sorprendente que esta palabra sólo se usara tímidamente en Colombia con motivo del plebiscito del 2 de octubre. 

La posverdad se refiere al arraigo de creencias y convicciones, basadas en la emoción, que no logran ser refutadas por la evidencia y los hechos objetivos. Ejemplos de posverdades son la idea de que Barak Obama es africano y musulmán; que el costo para el Reino Unido de permanecer en la comunidad europea es extravagante y, en Colombia, los extraños mitos que se difundieron con motivo de la llamada ideología de género (que suscitaron indignadas manifestaciones de protesta, a pesar de que evidentemente eran infundados).

Quienes se obstinan en creer algo que no es cierto, por lo general se acompañan de grupos que comparten y refuerzan sus sentimientos; lo hacen en forma militante y fervorosa; y justifican sus actuaciones como reacciones legítimas contra poderosas fuerzas que consideran hostiles. Por ello, en la época de la posverdad pululan las teorías conspirativas y son especialmente activas las sectas que unifican, compactan y les dan aspectos de verdad a los temores y narrativas de sus afiliados.

Hay, por lo menos, tres circunstancias que facilitan la extensión del reino de la posverdad. (i) El ambiente de polarización entre visiones extremas del espectro político y social. En ese contexto, los plebiscitos y referendos, la enconada lucha entre el Sí y el No, que toma la forma de una confrontación entre la luz y la oscuridad, el infierno contra el paraíso, es un terreno abonado para las posverdades. (ii) El uso masivo de las redes sociales permite que verdades a medias, rumores, chismes, alcancen a millones de personas y pasen, a punta de repetición, a convertirse en firmes convicciones, a pesar de que carecen de verificación o comprobación; y una vez adquieren la calidad de posverdades, están blindadas de su contraste con la realidad objetiva. (iii) La creciente debilidad de los medios tradicionales de comunicación en el ejercicio de su tarea de “formar y orientar a la opinión pública”. Cuando estos medios rectifican y señalan la falta de veracidad de alguna posverdad (como, por ejemplo, lo hizo CNN con Trump), millones de personas, simplemente, los acusan de estar parcializados y de pertenecer a una odiosa elite que conspira contra las mayorías. Algo de esto se observó también en las discusiones que precedieron al plebiscito en Colombia.

Las posverdades no son nuevas en el mundo de la política. La rumorología (la difusión planeada y orquestada de falsedades y rumores maliciosos en las campañas políticas), utilizada en Colombia desde hace algunos años, es uno de los mecanismos para crear y propagar posverdades. De esta forma, por ejemplo, se regaron infames mentiras en contra de Enrique Peñalosa que desorientaron a miles de votantes y contribuyeron a sus derrotas electorales.

Colombia ingresa a la campaña presidencial de 2018 con un pie en el territorio de la posverdad. La opinión pública está polarizada, el uso de las redes sociales es intenso y distintas verdades sobre los mismos hechos compiten por la mente de los votantes. Entre otras cosas, es hora de releer a Orwell.

 

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