Por: Julio César Londoño

RCN, el equilibrio flojo de la cuerda dura

En los tiempos de la inocencia (digamos 40 o 50 años atrás) se repetía como un dogma a ocho columnas que el norte del periodismo era la objetividad.

La realidad era una sola y el deber del periodista era encontrarla, descubrir la Historia en medio de la hojarasca de las historiografías parciales y los relatos posibles. Pero la candidez, hay que decirlo, estaba en la teoría del gremio, no en las salas de redacción de cada día, pobladas por personas de carne y hueso que tenían sesgos quizás inconscientes y jefes de redacción demasiado conscientes de su sesgo: la línea editorial del medio. “El Espectador trabajará en bien de la patria con criterio liberal, y en bien de los principios liberales con criterio patriótico”. Ningún diario ocultaba su filiación. Todos eran órganos partidistas. “Honrados pero políticos”, pudo ser el lema del oficio.

Luego se comprendió que la parcialidad era inevitable. Que el sesgo siempre se colaba entre líneas, en el ángulo de la cámara o en el grado de apertura de la toma, en el enfoque y en el énfasis, en el despliegue, en la posición de la noticia en la página o en el orden en que se exponían los factores para alterar el producto. Por ejemplo cerrar con un “pero”, después de una juiciosa lista de las ventajas de un proyecto o de las virtudes de un personaje.

Este acto de contrición produjo un propósito de enmienda: “como somos fatalmente sesgados, y la verdad solo la conocen Alá y su señora madre, seamos al menos equilibrados”. En la práctica, esto significa que los medios deben abrirles el micrófono a todas las partes en pugna, y contratar analistas y columnistas de filiación distinta a la línea editorial del medio.

Grosso modo (grosso trozudo, digamos) los medios colombianos cumplen esta norma, exceptuando los de garaje, los confesionales, los institucionales y RCN.

RCN es una gran casa periodística que opera con criterios de garaje. Ni siquiera mantiene un mínimo decoro. Fue esta compañía la que prejuzgó a Sigifredo López y nunca rectificó. Allí hizo carrera la Vicky “Tapete” Dávila hasta que su amarillismo se volvió intolerable incluso para una gran casa garaje. Allí trabaja Gurisatti, una joven talentosa que hizo el rural como jefe de prensa de Carlos Castaño. Allí trabaja la señora que le preguntó al presidente, en una rueda de prensa internacional en Oslo, su opinión sobre la conseja de la compra del premio Nobel con contratos petroleros. Cuando la Superintendencia de Industria y Comercio sancionó al Cartel del Azúcar, el Canal invitó 37 expertos, 35 de ellos adeptos de la dulce causa (hasta Jorge Enrique Robledo metió el hombro). Lo mismo sucedió con el debate contra las bebidas azucaradas, que terminó debidamente archivado.

Cuando se firmaron los nuevos acuerdos de paz, RCN invitó cinco analistas, todos opositores al proceso.

El sábado, cuando los medios del mundo cubrían en directo la entrega del Nobel a Santos, RCN pasó un episodio de… ¡El Chavo del Ocho!

La compra de los medios de comunicación por las grandes corporaciones es el fenómeno más grave de los últimos decenios. Sin embargo, por decoro o profesionalismo e incluso por interés, los grandes medios mantienen las formas, guardan un equilibrio así sea precario y sus páginas editoriales tienden al pluralismo; salvo RCN, cuyo manual de estilo es un catecismo levítico, cuyos cuestionarios oscilan entre la obsecuencia perruna y la irreverencia chapucera, y cuyas líneas rojas son los mil y un intereses de la Organización Ardila Lülle.

Es por esto que sus noticieros y programas de opinión nunca han tenido ratings altos. La gente no es tonta. Quiere buena información, o al menos equilibrio.

 

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