Por: Javier Ortiz

A orillas del Caribe…

En agosto de 1894, en tránsito hacia Venezuela, el poeta José Asunción Silva estuvo en Cartagena, y desde allí escribió una carta a su madre y a su hermana contándoles sus impresiones de la ciudad. A Silva lo sorprendió el carácter simpático, alegre y familiar de los cartageneros, pero lo que más le llamó la atención fue el comportamiento de sus habitantes negros y pobres: “El bajo pueblo negro es más atrayente que el nuestro; –escribió– la gente se mueve, grita, chapurrea inglés, francés, no tiene el dejo terrible de nuestros pobres sabaneros”.

Esta gente negra y pobre lleva toda su vida, y las de varias generaciones atrás, subsistiendo a punta del chapuceo cotidiano y de la gracia y la inventiva propia de la tradición popular de los pueblos del Caribe. Jamás ha existido un claro y sistemático compromiso político de los dirigentes por solucionar la brecha de pobreza y marginalidad de la ciudad. Lo que sí ha sido evidente y constante, es el infinito desprecio de las élites locales por los pobres. Más que como a seres humanos a los que se le deben garantizar sus derechos, a los pobres en Cartagena se les ve como el obstáculo para poner en marcha los sesgados proyectos de desarrollo. Y cuando son tenidos en cuenta, ha sido a través de populismos sin claridad ni experiencia para gobernar o a través de administraciones empeñadas con las mafias que se lucran de invertir en campañas electorales.

En estos momentos la ciudad pasa por una de sus peores crisis políticas, y por esa condición de vitrina y de ciudad turística, todo lo que sucede en ella se convierte en noticia nacional. Sin embargo, tampoco vemos en la agenda de los que llegan una apuesta por un modelo de ciudad que se ponga al día con la deuda histórica que tiene con su población más pobre. Garantizar la ejecución de las inversiones asociadas al turismo y al desarrollo portuario no son suficientes para generar cambios estructurales en Cartagena. Está demostrado hasta la saciedad que a pesar de ellas, no se ha logrado ningún impacto en la transformación de las condiciones de vida de los más necesitados.

Hace aproximadamente mes y medio, el Banco de la República presentó un informe para la erradicación de la pobreza en 2033. Pese a las buenas intenciones y al profesionalismo de quienes participaron en su elaboración, una de las soluciones al problema de la pobreza, no guarda mayor diferencia con las que se han ensayado desde tiempos remotos en la ciudad: la de reubicar barrios pobres y en riesgo. Así fue a comienzos del siglo XX con los caseríos humildes apostados a un costado de las murallas, y así también fue en los años setentas con el barrio de Chambacú. Nadie piensa en la solución de los problemas de la gente y del saneamiento y adecuación de los terrenos que habitan, donde han construido una memoria y fuertes vínculos con el espacio, que no se compensan con una casa en otro lugar más parecida a un cárcel que a una vivienda digna.

Después de las reubicaciones sabemos lo que viene. La valorización de los terrenos, la solución a los problemas de derrumbe e inestabilidad de los suelos, y la construcción de viviendas de estratos altos. Una cosa debe quedar clara: mientras la administración política –venga de donde venga– no se tome en serio la necesidad de enfrentar la tradición de infinito desprecio a sus habitantes más pobres, jamás se podrán generar los cambios estructurales que la ciudad requiere.

 

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