Por: Columnista invitado EE

Pablo Correa y las reputaciones científicas

Por: Julián Alfredo Fernández Niño

En la novela “Las reputaciones” de Juan Gabriel Vásquez, un caricaturista político, al final de una vida de éxitos y premios, tiene que lidiar con la consciencia de saber que toda su reputación descansa sobre un sólo hecho fundacional de varias décadas atrás, en el que pasó de ser un caricaturista anónimo a uno exitoso. Específicamente, la caricatura de un político insinuando que era pedófilo y que le abrió la fama de los grandes medios, aún cuando en el fondo sabía, y lo supo toda la vida, que el hecho pudo no haber sucedido. La novela explora lo frágil que es una reputación, y lo difícil que es psicológicamente afrontar que tal vez la reputación no sea tan merecida como los demás creen. En la historia, apenas un solo personaje está dispuesto a desarmar y retar esa reputación. Retar una reputación requiere coraje, en especial cuando se trata de alguien que es un héroe (o heroína) para parte de la sociedad.

Pablo Correa, periodista científico de El Espectador, con rigor y valentía parece ya estar especializado en desmitificar las reputaciones, específicamente las reputaciones científicas en Colombia. Respaldó al profesor Rodrigo Bernal en su escrutinio documental a Raúl Cuero, escribió sobre las promesas “esquivas” de Patarroyo, luego puso en evidencia, junto con Lisbeth Fog, algunas imprecisiones del mito personal de Reynolds, y más recientemente señaló las dudas sobre las promesas de una cura para cáncer, de la ahora ministra Mabel Torres. Estas cuatro personas tienen en común, en distinto nivel y ámbito, que sus reputaciones tienen algo de míticas, y que han contado con el favor de los medios de comunicación, y el poder político, por varios años.

De los mitos es difícil rastrear los orígenes. Las bolas de nieve del prestigio y del desprestigio operan como entes propios, incluso antes del internet y la televisión. La mediatización de la ciencia favorece la creación de prototipos de investigadores a título de héroes (heroínas) a las que hay que admirar como símbolos, aunque lo cierto es que buena parte de la verdadera ciencia ocurre lejos de los reflectores, y no siempre está conectada con la opinión pública. Pero además suele ser incómodo tocar a los héroes, la sociedad espera de ellos integridad, cuando alguien los desmitifica es desconcertante, parece que nos deja sin referentes, y algunos por eso se niegan a hacerlo, contra toda evidencia, por el vínculo emocional que tienen con el héroe.

En contraste para otra parte de la opinión pública colombiana, con tendencias siempre maniqueístas, se pasa radicalmente de la idealización al sacrificio, así que algunos juzgan sin matices. Se trata del viejo problema del héroe amado, que tenemos que inmolar si nos decepciona. Por eso considero que es más relevante pensar en lo que podemos aprender de estos hechos de forma consolidada.

El primer problema es que seguimos calcando el anacrónico modelo de la ciencia de héroes y fundadores. Este estilo fue reforzado incluso por grandes divulgadores científicos como Asimov (ver “Momentos estelares de la ciencia”), con el agravamiento de que, en el periodismo latinoamericano, que es melodramático, se suelen añadir elementos personales dándole un toque farandulero a la ciencia. Preguntas, como las que le hacen a Llinás siempre, sobre su vida íntima o “al amor”, revelan esta tendencia jet-set de la ciencia. En contraste, obras como la de Pablo Correa sobre la vida de Llinás (“La pregunta difícil”), muestran una visión más centrada en los hechos, y la divulgación de la ciencia, sin tratar de profundizar demasiado en eso que llaman “lo humano”. El problema radica en una historia de la ciencia que se centra en mitos fundacionales personales, más que en reconocerla como un esfuerzo transgeneracional, de múltiples personas al tiempo, donde las personas son sólo parte, y su personalidad es secundaria.

Por otro lado, está la presión social de la reputación. Los investigadores nos vemos obligados a construir una reputación para ganar visibilidad, ya que esta determina en parte nuestro acceso a recursos de investigación e incidencia política. Está descrita en la literatura, el “síndrome del impostor” que padecen miles de investigadores que sienten que no merecen su posición, aun cuando objetivamente tienen méritos. Un sistema más basado en la meritocracia no daría tanta importancia a las habilidades sociales o mediáticas del investigador, sino a la calidad científica. Es curioso que mientras muchos sufren con síndrome del impostor, inseguros de sus logros, otros fanfarronean con lo poco que consiguen, lo que parece ser un caso de Efecto Dunning-Kruger.

Este tipo de problemas son propios de las comunidades científicas, en la medida que los investigadores somos actores sociales y humanos, con intereses, vanidades y conflictos personales. La única respuesta parece ser insistir en poner primero siempre los principios de la ciencia: honestidad intelectual, escrutinio crítico, reproducibilidad, y autorevisionismo.

twitter: @JFernandeznino

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