Por: Juan Carlos Botero

Pablo Escobar: ¿ángel o demonio?

SE ACABA DE ESTRENAR EN ESTADOS Unidos el documental Pablo Escobar, ¿ángel o demonio?, dirigido por Jorge Granier y producido por Miguel Sierralta, y el resultado es sorprendente. Durante 80 minutos vemos las dos facetas del narcotraficante: el supuesto benefactor y el claro asesino. Y esa dualidad resalta la complejidad del hombre, su innegable carisma, su egoísmo total y su crueldad sin límites.

Al comienzo, desde luego, produce escalofríos escuchar los testimonios de quienes se refieren al Patrón como si fuera un dios, que lo veneran y recuerdan como un salvador. Para esta gente, no hay duda, Escobar lo era. Son todas personas humildes que sobrevivían de milagro en el basurero de Medellín, y es natural que tengan esa adoración por quien les dio de comer y les regaló una casa en dónde vivir.

Sin embargo, el jefe del cartel del Medellín no daba un paso sin calcular los riesgos o beneficios, y su generosidad no venía gratis. Era parte de una estrategia eficaz, las dos caras de la misma moneda: plata o plomo. En efecto, esa población le ayudó durante años a huir de las autoridades, y la mayor parte de su electorado, el que lo llevó a ocupar una silla en el Congreso de la República, procedía de esos barrios. Pero no sólo eso. También de allí salieron varios sicarios que el capo contrataba para eliminar a sus enemigos. Lo dijo La Rochefoucauld: “Muchas veces hacemos el bien sólo para poder hacer el mal impunemente”.

La película retrata a Pablo Escobar de cuerpo entero. La alud de imágenes que casi abruman al espectador nos muestra los aspectos centrales de su vida, y todos están marcados por el exceso. Vemos sus amantes, su familia, sus perversiones, sus asesinos a sueldo, sus políticos de bolsillo y, más que nada, sus víctimas. Ahí están los héroes anónimos que lo desafiaron y cayeron asesinados, así como también las figuras más famosas que, a conciencia del peligro y del efecto de sus palabras o de sus actos, no dejaron de escribir, denunciar y señalar las sangrientas maniobras del narco. Murieron jueces, políticos, periodistas, policías, soldados y, sobre todo, gente del común, quienes tuvieron la mala suerte de estar en el lugar equivocado cuando Escobar ordenaba detonar la bomba o apretar el gatillo. Cierto: en ese mundo del hampa el capo era admirado, pero recordemos de nuevo al escritor francés del siglo XVII, La Rochefoucauld: “La maldad tiene sus héroes, al igual que la bondad”.

Sin duda, lo más valioso que se deriva de esa vida dedicada, con astucia y obsesión, a quebrar la ley y a aplastar todo lo que le estorbara, es una lección. En la cinta, uno de sus abogados opina que matar a Escobar fue un error, porque el narcotráfico, en manos de un solo hombre era más fácil de controlar, para legalizar o erradicar, que lo que existe hoy en día: la atomización del tráfico en cientos de capos menores. Discrepo. En un país con instituciones tan frágiles como Colombia, la muerte de Escobar dejó una lección invaluable, y más en ese momento: la persona que se enfrenta al Estado, por poderosa que sea, tarde o temprano pierde y muere derrotada.

Por lo visto, este complejo personaje tenía dos facetas: el hombre generoso y el asesino a sangre fría que podía matar a miles de personas, simplemente porque estaban en su camino. Y es irónico, porque su lado “positivo” lo hacía aún más temible. La Rochefoucauld, autor de tantas máximas certeras, parece dar en el clavo del asunto por tercera vez. “Algunos hombres malos serían menos peligrosos”, anotó, “si no tuvieran nada de bueno”.

 

 

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