Por: Carlos Granés

Paciencia o poesía

“Vives y no te ves vivir”, decía el chileno Vicente Huidobro en Altazor, uno de los mejores poemas jamás escritos en nuestra lengua. Vivir sin ser conscientes de que vivimos. Vivir sabiendo que la vida se escurre entre los dedos, y que mientras ella se va somos también nosotros los que nos vamos. ¿Puede haber algo más pavoroso? En Altazor, eso es lo que explica el terror de ser: la sospecha del desperdicio: la vida que pasa de largo sin ser vivida.

Entre la rutina y los compromisos laborales, entre la espera y la inercia, entre la indecisión y la autocomplaciente coartada, la vida se va. Buena parte del desencanto y desasosiego humano proviene de ese inevitable hecho. Todo pasa y no pasa nada. Y algo debería pasar. ¿Quién no tiene una idea sobredimensionada de sí mismo? ¿Quién no se cree con derecho a mucho más de lo que alcanza? La siempre injusta transacción entre lo que se desea y lo que se obtiene es fuente permanente de zozobra. No me veo vivir: alguien tendrá la culpa. Todo Moloch contra el que justa, a veces ilusoriamente, luchamos, llámese sistema, imperialismo, patriarcado o lo que sea, se nutre de esa terrible angustia. ¿Acaso alguien reconoce que no se ve vivir por culpa suya, por debilidad, por miedo, por falta de talento? La crítica moderna a las instituciones y a las demás construcciones humanas nos protegió contra la mucho más dura y reveladora crítica de nosotros mismos.

No nos vemos vivir y entonces preguntamos: ¿En qué momento pasará algo? ¿Cuando volveré a ser espectador de mis propias hazañas? ¿Cuándo volveré a ser, no ya anécdota, no ya añoranza, no ya deseo, sino vida que se vive en el presente, una sola cosa con la experiencia, atemporal y eterna? Altazor exhorta: “Consumamos el placer /agotemos la vida en la vida /Muera la muerte infiltrada de rapsodias langurosas”. A ver quién es el valiente que se arriesga.

Mientras se encuentran fuerzas para lanzarse, como Altazor, en un paracaídas hacia la vida, o mientras se espera a que la suerte traiga algo, quizás la llave de un mundo nuevo, también se puede leer poesía. ¿Quiénes lo hacen? Los yonquis de experiencias, los que cuando no viven, no se resignan a estar a oscuras, sin ver la vida. No ven la propia, es verdad. Pero al menos ven lo que otros han vivido. Son testigos de la intensa relación que otra persona, en algún momento alucinado, ha tenido con el mundo o consigo mismo.

Los mejores poemas son esa marca que deja la existencia en la palabra. Fósiles vivos. Experiencia que echa humo aun petrificada en las páginas de un libro. No fue una simple niñería ese ideal vanguardista de hacer de la vida arte, poesía; vivir así, consumido en el placer, viendo la vida mientras se vive, viviendo la vida para verla, incluso para enseñarla como ejemplo de aventura existencial. Pero esa utopía, como todas, no vino al mundo inmunizada contra la rutina y la costumbre. Si cada día se agota la vida en la vida, ¿cómo evitar que el delirio se pudra en la rama de lo previsible?

No hay manera de tenerlo todo. La deslucida frustración, en últimas, predispone a la vida. Los momentos yermos en que no nos vemos vivir, sirven de contraste indispensable para descubrir la exaltación y el goce. ¿Cómo soportar entonces esos instantes de ceguera? ¿Cómo invernarlos?

Paciencia o poesía.

 

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