Por: Catalina Ruiz-Navarro

Pacto de Caballeros

Puedo imaginar a Antonio Caballero sintiéndose muy frentero e irreverente por decir eso que “todos están pensando, pero no se atreven a decir”. Los hombres que viven en el curubito del poder y los privilegios (blancos, aristócratas, cisgénero, educados) no se dan cuenta de que esas supuestas irreverencias no son más que reafirmaciones de statu quo. Sí, Caballero dijo lo que muchos hombres están pensando y no se atreven a decir, y hace lo mismo que Trump, a quien defiende desvergonzadamente, se las tira de frentero para soltar sin pena una misoginia que toda Colombia sospechaba, pero que no había pelado el cobre.

Esa misoginia se nota cuando dice que las mujeres denunciamos el acoso “como por contagio epidémico”, como si no tuviéramos agencia alguna para reclamar nuestros derechos, somos solo unas repentinas quejosas. Las mujeres siempre hemos odiado que hombres manilargos poderosos pueden arruinarnos la vida si les negamos sexo, esos que nos hacen comentarios inapropiados en el coctel mientras nos ponen la mano en la cintura y nosotras sonreímos incómodas. Lo estamos diciendo ahora porque muchas luchas de los feminismos nos han traído a un punto en que por fin podemos decirlo en voz alta: no somos cosas, ni enchufes, ni un buffet para sus apetitos y no nos gusta que nos sexualicen o nos toquen sin nuestro consentimiento.

Señala María Paula Martínez en Cero Setenta: “A los medios no les gusta que se les cuestionen sus conflictos de intereses ni que molesten a sus políticos amigos”, pero cuando se los critica por dar vía libre a contenido abiertamente discriminatorio y misógino “desenfundan la bandera de las libertades de expresión o se esconden bajo el fuero de que ‘las opiniones de sus columnistas no representan necesariamente las del medio’”. Ninguno sería capaz, por ejemplo, de publicar una columna antisemita, pero al parecer excusar y normalizar la violencia sexual es parte de la libertad de expresión.

Es cínico que llame a las denuncias una “cacería de brujas”. ¿No sabe que las cacerías de brujas fueron inventadas por los hombres para subyugar a las mujeres y quitarles independencia económica, espacios de reunión y control sobre sus derechos reproductivos? Dice Silvia Federicci en El calibán y la bruja que fueron más de 30 millones de mujeres asesinadas, mujeres viejas, viudas, inteligentes, médicas y todas aquellas que se les salían del corral del patriarcado. ¿Cuántos hombres han sido quemados vivos por acusaciones de acoso? La ignorancia al usar el término es tal, que no sabe que hoy, en el año 2017, aún hay cacerías de brujas. Nada más durante el primer semestre de 2017 fueron asesinadas 479 mujeres acusadas de brujería en Tanzania y “las últimas estadísticas sobre África hablan de que más de 30.000 mujeres habrían sido mutiladas con machetes, torturadas y asesinadas desde los años 70. La mayor parte de ellas quemadas vivas. Ha pasado en Sudáfrica, Mozambique Tanzania, Zambia, Nigeria, Zaire, Kenia, Uganda... en Ghana”, dice Federicci. Hasta ocurre en Colombia, en donde en 2012 quemaron viva a María Berenice Martínez en Santa Bárbara, Antioquia, por acusarla de brujería. Para los hombres en el curubito del poder una denuncia por comportamientos inapropiados es equiparable a la muerte, y por eso llaman a las denuncias por acoso “cacería de brujas”. No se dan cuenta de que para las mujeres la muerte no es una metáfora; la muerte es la muerte.

La diferencia entre acoso y abuso pierde importancia cuando entendemos que ninguno se da por “atracción a las mujeres”, sino por una desigualdad de poder basada en el género que permite que los hombres deshumanicen y cosifiquen los cuerpos de las mujeres. Es un problema de poder, no de pudibundería. Pero cómo explicarselo a Caballero, quien piensa que es aceptable que el presidente de los Estados Unidos “se hiciera chupar” por una becaria en el despacho Oval de la Casa Blanca sin notar que eso de hacerse chupar por una pasante es violación, y más si eres el hombre con más poder en el mundo. La línea entre sano coqueteo y acoso es muy clara: si el beso toca darlo a la fuerza es porque no hay consentimiento. Si ella no ha dado señales de que quiere que le cojan la rodilla debajo de la mesa, no hay que hacerlo. Si es su empleada, alumna, hija, aprendiz o lo que sea que lo ponga a usted en una situación de poder sobre ella, no haga insinuaciones sexuales. Fin.

Los hombres no son tan estúpidos como para no poder leer las señales, pero sí les han enseñado a no tomarlas en serio hasta ignorarlas con arrogancia. Caballero se lamenta de que ya hoy en día no se pueda ser un hombre que va por la vida agarrando sin miramientos tetas y culos, ofreciendo masajes y robando besos. Qué tristeza que la masculinidad hegemónica no pueda pensar en un amor en el que no esté involucrada la dominación sobre otra persona y su cuerpo. Pero el problema no es Caballero en sí, sino todos los caballeros que piensan igual. Esos que para tener sexo solo han tenido que estirar la mano, sin importarles siquiera qué (jamás a quién) están agarrando. Esos que hoy se quejan porque cuando siempre se ha vivido en el privilegio, la justicia se siente como opresión.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Catalina Ruiz-Navarro

Contra la tolerancia

Reinventarse los reinados

¡Los anticonceptivos están muy caros!

Iván y sus bang bang