Por: Martín Jaramillo
#EconomíaParaMiPrima

Pagarles menos a los jóvenes, y a mi prima

Siempre que hablo con mi prima de la historia, de la naturaleza humana y del país, terminamos presos de las ideas que hemos leído de economistas difuntos.

Gary Becker, por ejemplo, decía que el principal objetivo de la economía era entender y erradicar la pobreza. Mientras que Adam Smith nos enseñó, en su libro Teoría de los sentimientos morales, que debido a la naturaleza humana los hombres siempre quieren ayudar a otros por unos principios que “hacen que la felicidad de estos les resulte necesaria, aunque no derive de ello nada más que el placer de contemplarla”.

Las ganas de erradicar la pobreza, concluimos mi prima y yo, nunca han sido un deseo único de los economistas.

Mi prima de 10 años aprendió muy rápido de economía y entendió que la pobreza no se reduce al prohibirles trabajar a las personas de baja productividad a través de una ley de salario mínimo. La solución tampoco son los subsidios, que se quedan cortos si nos olvidamos del crecimiento económico. Las respuestas fáciles y simples en la economía suelen estar equivocadas, así estén motivadas por buenas intenciones.

Por eso insistimos tanto en aquellas medidas que estén enfocadas en el bienestar de las mayorías en el largo plazo, así no sean populares. Una de esas ideas la dio Sergio Clavijo, el saliente presidente de ANIF, cuando propuso que se permitiera el pago del 75% del salario mínimo a los menores de 25 años. Clavijo, pensando en ese 25% de los jóvenes que quieren trabajar pero que ganan cero pesos en el desempleo, propuso una medida que podría lograr que pasaran de ganar cero a ganar algo de dinero y experiencia.

“¡Quiere regalarles plata a empresarios tacaños!”.

“¡Los jóvenes son el futuro del país!”.

“¡Cómo así que los jóvenes valen menos!”, decían las turbas indignadas.

En realidad, la falacia común en estas críticas se basa en pensar que el sueldo de la gente responde a nociones arbitrarias sobre lo que es justo. Pero en la economía aprendemos muy pronto que el salario depende más de la productividad del trabajador que de la “tacañería” o de la “virtud” del empresario. Un empresario tacaño, al fin y al cabo, nunca podrá contratar a nadie a menos que decida pagar más de lo que otros están dispuestos a pagar.

Mandar a la hoguera a quien paga poco en un país de ingresos bajos podrá satisfacer los impulsos morales de los colectivos biempensantes, pero no sacará a nadie de la pobreza.

Para tener salarios más altos hay que hablar de desarrollo empresarial, de productividad y de competitividad: eso tiene más sentido que simplemente prohibir y mandar a todos a la informalidad. Es menos glamuroso si el objetivo es hablar de cuán superiores somos moralmente, pero por lo menos puede tener efectos reales en quienes más lo necesitan.

La propuesta de Clavijo, si bien va en la misma dirección que la nuestra (de tener un salario mínimo por regiones), tiene varios problemas. Primero, parte de la “fatal arrogancia” de la que hablaba Hayek donde se planea desde arriba, burocráticamente, el destino de las personas. Segundo, es imposible de vender políticamente: les hace demasiado fácil la narrativa a los colectivos indignados que pueden posar de estar a favor de los jóvenes. Y tercero, aumenta la libertad para muy pocas personas: sigue dejando en la informalidad, el desempleo y el subdesarrollo a la mitad del país que no es joven, pero reporta ingresos menores al salario mínimo.

Por eso, mi prima y yo seguimos prefiriendo la opción de un salario mínimo por regiones. Sin embargo, la propuesta de Clavijo va más allá que la de la mayoría de gente: trata de pasar de la superioridad moral a las soluciones reales.

@tinojaramillo

[email protected]

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