Por: Columnista invitado

País de paces

Por Iván Garzón Vallejo

El Bicentenario de la Independencia nos invita a hacer balances históricos. Y no cabe duda de  que Colombia es un país marcado por la guerra. Ese trágico destino ha sido también el terreno sobre el cual se ha desarrollado una larga tradición de negociaciones políticas con los grupos armados (10 desde 1990). Que el país ha hecho la guerra tanto como la paz es la idea principal del ensayo “Colombia. Así en la guerra como en la paz”, de Jorge Giraldo Ramírez (La Huerta Grande), quien lleva décadas estudiando las transformaciones contemporáneas de la guerra civil y de nuestro conflicto armado.

La firma de la paz entre el gobierno Santos y las Farc en 2016 fue, como otras paces, un punto de llegada de una porción significativa de la violencia insurgente. Hoy, dicha firma contrasta con la amenaza para el Estado y la sociedad que siguen representando las bandas criminales recicladas de las otrora organizaciones reinsertadas, así como el Eln, un grupúsculo de insurgentes cuyo bautismo a sangre y fuego en los años sesenta llevó el signo de una fe revolucionaria predicada por el cura Camilo Torres y los cristianos socialistas, y que cinco décadas después deja una estela de terrorismo urbano y atentados contra la infraestructura petrolera y el medio ambiente reivindicados desde Cuba y Venezuela como actos de legítima defensa en el marco del derecho de guerra.

Así las cosas, Colombia sigue siendo un caso excepcional: un país con las instituciones democráticas más antiguas y estables del continente y una tradición civilista que la inmunizó contra golpes de Estado y dictaduras. Pero que, al mismo tiempo, ha padecido una guerra multifronte, cruel, degradada, que ha pervivido gracias al voluntarismo guerrerista de unos insurgentes anacrónicos y desconectados del contexto regional y global, a un clima de opinión que ha oscilado entre el rechazo valeroso de la ciudadanía y sus centenares de sacrificados con un sector de la intelectualidad y las empresas ideológicas que han reproducido incautamente mitos y lugares comunes sobre la misma. Que la guerra es perpetua —lo que desconoce que hemos tenido más períodos de paz que de guerras—, que la guerra es dual —lo cual omite que no ha sido sólo una guerra entre el Estado y la insurgencia, sino entre varios actores— y que los guerrilleros altruistas se alzan en armas para buscar un país mejor, algo insostenible cuando los medios de tal idealismo se entrecruzan con secuestros, narcotráfico y carros bomba.

Las paces en Colombia han sido parciales, consentidas, polémicas e inestables. Y ahora, una paz con el Eln luce improbable. En cualquier caso, han sido difíciles, complejas y fueron el telón de fondo de la política nacional en las últimas cuatro décadas. Y siempre, las paces tuvieron como denominador común una asertiva lectura de los actores estatales y armados del momento político. Unos y otros entendieron que era la hora de silenciar los fusiles, empeñaron su voluntad en ello durante el proceso y mantuvieron sus compromisos en el futuro.

@IGarzonVallejo

 

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