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NO SÉ SI A USTEDES LES PASA LO MISmo, pero estoy espantada del país en que vivimos, y cada mañana, cuando despierto, me pregunto: ¿qué horror nos espera hoy? Y al tomar los periódicos y revistas trato de mirar sin ver los titulares aunque luego tenga que leer para estar informada, como me corresponde en razón de oficio mas no como individuo que intenta mantener cierta sanidad mental.
Y cuando al mediodía y por la noche me obligo a ver los noticieros de televisión, paso del coraje a la indignación y ya no me pregunto por las noticias sino por los colegas desde que los han convertido en alucinante mezcolanza de piernas, tetas, publicidad subliminal y otra, descarada, en boca de las presentadoras, que hace que si uno está distraído termine por pensar que el verde para Colombia proviene de las rabietas del Presidente o que amar a la patria se relaciona con hacer pendejadas, llevar una pulserita de caña flecha o gritar “Colombia es Pasión”.
Y el problema no son los medios ni los periodistas, que quede claro, pero que los electrónicos ponen lo suyo, no hay duda. Se han sacado de la manga secciones calientes de política, donde la presentadora es proyectada como “el bollazo”, la cámara destacando sus encantos físicos y ellas, muy en ello, con gestos y actitudes de diva. Y sueltan tanto avances, rumores, chismes, dimes y diretes relacionados con la cosa pública y sus múltiples actores como auténticas saperías sobre el presidente Uribe y la pléyade uribista o los propios anunciantes. Y eso, entre túrgidos senos, bellas piernas y una sonrisa picarona se graba más y mejor en la retina del televidente y coadyuva, quién lo duda, a que suban en las encuestas.
Pero no es el colegaje light el que me preocupa sino el país en que amanecemos y anochecemos bajo una permanente sombra de que lo peor está por llegar, que agolpa en mi mente la experiencia vivida en otros países cercanos, como en Perú, cuando Fujimori, que a través de las secciones internacionales de telenoticieros y prensa vimos crecerse como una hidra de mil cabezas hasta que acabó con la institucionalidad del país en nombre de perseguir a Sendero Luminoso. Y la sociedad peruana aplaudía a rabiar y el único que gritaba avisando del desastre, sin ser escuchado, era Mario Vargas Llosa. Y cuando el unanimismo del Congreso no le satisfizo, lo cerró; y cuando las Cortes llamaron su atención, las clausuró. Y a los periodistas, que como Daniel Coronell en Colombia, se atrevieron a confrontar y disentir, los condenó. Y mientras tanto el país se resquebrajó, hasta la flota pesquera (fundamental y grandísima) se fue al carajo y se paralizó la inversión social, aunque las multinacionales encontraban puertas abiertas.
Tengo esa misma sensación cuando despierto y doy gracias por las noches porque todavía no sucedió lo peor, porque pasamos otras 24 horas sin desbarrancarnos a pesar de los informes de las instituciones que nos son más caras: Cortes, Fiscalía, Procuraduría, Contraloría, hablan de una nación corrupta hasta los tuétanos que hace eco de ese horrible mote que se va haciendo verdad: “país mafioso”. Y, paralelamente, las noticias sobre el Gobierno (a todos los niveles) y los elegidos para representar al pueblo desde lo distrital a lo nacional, abundan en detenciones, cohechos, dilapidación de recursos, malversación de fondos, clientelismo, ‘roscograma’, compañías non sanctas. La media general es corrupción en todas las formas posibles, flojedad de principios éticos y moral distendida. ¿No es para estar asustada? ¿No debo sentir que lo peor está por llegar?