Por: Reinaldo Spitaletta
Sombrero de mago

Palestina, Trump y Jerusalén

El conflicto de Jerusalén, una ciudad de tres mil años, no es religioso, sino político (o geopolítico, como se estila hoy). El presidente Donald Trump, al declarar que esta urbe venerada por cristianos, judíos y musulmanes es la capital de Israel, no solo tiró por la borda la mediación estadounidense en los acercamientos de paz en la zona, sino que despertó la ira y las protestas de los países árabes y, por supuesto, de los muy golpeados palestinos.

Jerusalén (y Palestina) en el siglo XX fue un enclave del colonialismo occidental, en particular inglés. Y a partir de 1947, tras la Segunda Guerra Mundial, la ONU dividió el territorio, en un claro despojo a los palestinos, en dos partes: una árabe (a cuya población ni siquiera consultó) y otra israelí. A partir de esos días hasta ahora, los palestinos han estado sometidos a la diáspora, a la persecución, a buscar refugio en otros países árabes, a ser considerados terroristas, y a soportar la ocupación y una suerte de apartheid de parte de Israel.

Este último país, estado al que se denomina judío, se erigió en más del 78 por ciento del territorio histórico palestino, incluso violando la ya de por sí injusta resolución 181 de las Naciones Unidas relativa a la división de aquellos territorios. Y desde aquellos días de 1947, los palestinos han sido vapuleados por toda clase de ignominias, masacres, desafueros y desgracias de parte del aliado clave de los Estados Unidos en el Medio Oriente.

En 2002, el escritor y crítico literario Edward Said, decía en una columna titulada Lo que ha hecho Israel, en la que denunciaba innumerables atropellos contra los palestinos, que a estos últimos un formidable aparato de propaganda negra, manipulada, los señaló solo como terroristas y no como defensores de un territorio al que tienen derecho.

Y ese aparato de desinformación —agregaba Said— “ha permitido al ejército de Israel y a su flota de escritores y defensores eliminar una historia terrible de sufrimientos y malos tratos para destruir con impunidad la existencia civil del pueblo palestino”. La propaganda israelí-estadounidense ha desaparecido de la memoria la destrucción de la sociedad palestina y la configuración de un pueblo al que desposeyeron de su territorio en 1948.

En todo caso, el conflicto en aquellas zonas de tanta historia, es un problema del siglo XX y, con llamas más altas, en su segunda mitad. Y los palestinos, despojados a la fuerza, han resistido a veces con armas y, en otras, a punta de tirar piedras y zapatos a los muy bien dotados ejércitos israelíes. Es, la de Palestina, la tragedia de cómo el neocolonialismo y los intereses imperialistas, le arrebataron a un pueblo el derecho a tener una patria.

En efecto, a partir del Plan de Partición, ideado por la ONU en 1947, se desató la desventura del pueblo palestino, el éxodo, el genocidio y la guerra. Como lo recordaba, en 1974, el periodista argentino Rodolfo Walsh, en un documentado artículo titulado La revolución palestina: “Al día siguiente de la votación, el sionismo lanzó todo el peso del terror para despojar a los árabes del territorio que le había dejado el Plan de Partición”.

Israel a partir de aquellos días, inició sus atentados y masacres contra los palestinos, como la de Deir Yassin, que inauguró un periodo de agresiones contra aquellos. El autor de la masacre inicial, Menájem Beguín, dijo en su libro La rebelión: “un pánico sin límites asaltó a los árabes, que empezaron a huir en salvaguarda de sus vidas. Esta fuga en masa se convierte en un éxodo enloquecido e incontrolable. De los 800.000 árabes que vivían en el actual Estado de Israel, sólo quedaron 165.000”.

Cuando Trump declaró a Jerusalén como la capital de Israel, tornó una reedición ampliada del despojo a los palestinos. “El verdadero propietario de esas tierras es Palestina. Trump quiere que todo eso sea Israel”, dijo Recep Tayyip Erdogan, presidente de Turquía. “El fuego prendido con la decisión de Jerusalén quemará la región y el mundo. No puede haber una paz regional y global si no se encuentra una solución a la cuestión de Palestina”, agregó.

Hace años, un escritor religioso judío, Moshe Menuhin, al referirse a los atentados, exabruptos y masacres israelíes contra Palestina, declaró: “mi religión es el judaísmo profético y no el judaísmo-napalm. Los nacionalistas ‘judíos’, el nuevo tipo de guerreros ‘judíos’ no son judíos, sino nazis ‘judíos’ que han perdido todo el sentido de la moralidad y la humanidad judías…”. Y todas estas barbaridades contra los palestinos son las que apoya Trump. Se aspira a que algún día puedan arrojarle un zapato, sin posibilidad de esquivarlo.

La ONU condenó la decisión de Trump sobre Al-Quds (Jerusalén), que es “un territorio ocupado en términos del derecho internacional”.

 

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