¿Paralizado o fenecido?

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Fue quizás la guerra en Siria que comenzó en 2011 la que le asestó un certero golpe del cual no se ha recuperado, por el contrario, se ha acelerado el proceso de declive al punto que hoy no sabemos a ciencia cierta si el paciente está paralizado, cataléptico o ya es un cuerpo esperando funeral.

El paciente no es otro que el Consejo de Seguridad de la ONU cuya condición reverbera a todos el sistema de Naciones Unidas y sus numerosos organismos. Mientras se consumaba el genocidio en Siria, el Consejo fue rehén de los vetos ruso y chino que impidieron cualquier acción humanitaria o de otro tipo mientras que sus enviados de paz fracasaban una y otra vez habiendo quedado desprovistos de herramientas para forzar un cese a la barbarie. Desde entonces el Consejo de Seguridad ha cesado en el cumplimiento de su principal objetivo: preservar la paz y seguridad mundial. Ni en Yemen, ni en Libia, ni en Irak, ni en Siria, ni en Myanmar, ni en Ucrania, ni en el Mediterráneo ni casi en ningún lugar azotado por conflictos violentos se ha hecho presente.

Desde la irrupción de la COVID-19 a finales del año anterior, el Consejo de Seguridad ha estado desaparecido, ausente, y lo único que de este se supo fue la batalla clientelista por la elección de sus nuevos miembros, que realmente para nada altera su estéril devenir.

Naciones Unidas y su Consejo de Seguridad fueron creados a finales de la segunda guerra mundial en las circunstancias geopolíticas producto de la guerra -vencedores y vencidos- y por décadas, sin ser dechado de virtudes, pudo cumplir con su mandato en variados escenarios. Desactivación de conflictos, prevención de guerras, ayuda en desastres naturales, control de epidemias y despliegue de fuerzas de paz, entre otros.

La misma Organización Mundial de la Salud, protagonista central en la pandemia es presa del conflicto geopolítico. Estados Unidos anuncio su retiro a la vez que han surgido cuestionamientos al manejo que la OMS le dio al COVID en su fase inicial, y eso que falta el tema de la vacuna en lo que anticipa ser una rapiña.

Estamos padeciendo una incompatibilidad entre el multilateralismo del siglo XX y la geopolítica del siglo XXI, caracterizada por una renovada rivalidad entre las potencias, falta de consensos en casi todos los temas de la agenda internacional, carencia de liderazgo global, desplome del llamado “orden mundial liberal”, nacionalismo exacerbado, autoritarismos recargados, polarización en las sociedades democráticas y disminuido apego a las reglas que habían, mal que bien, prevalecido en el sistema internacional. En estas circunstancias pensar en reformar la ONU parece ser un espejismo.

Como dijo el sueco Dag Hammarskjold, segundo secretario general de la ONU: “El organismo no fue creado para conducir a la humanidad al paraíso sino para evitar que caiga al infierno” . Es de esperar que ese minimalista objetivo se logre antes que las llamas nos abrasen.

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