Por: Arlene B. Tickner

Paz con nombre propio

De la misma forma que la cultura incide en las relaciones sociales —determinando, por ejemplo, cómo los seres humanos se perciben en relación con “otros”—, distintas culturas desarrollan mecanismos diferentes para resolver las disputas que emergen entre sus miembros.

La famosa frase del arzobispo Desmond Tutu, “la paz sin perdón no tiene futuro”, invita a preguntar si hay culturas cuyas visiones de mundo las hacen más dispuestas a perdonar y, por extensión, más propensas a lograr la paz. Tanto el concepto africano de ubuntu como la cosmovisión de las comunidades indígenas de la cordillera de los Andes apuntan a que sí.

Ubuntu, un concepto que está presente en múltiples culturas del África subsahariana, jugó un papel central en el proceso de resolución del conflicto y construcción de la paz en Sudáfrica. En términos generales, se refiere a lo que significa pertenecer a la condición humana, un ser plural y colectivo cuya humanidad se materializa justamente en la interacción de las personas. En aplicación del ubuntu, la Comisión de Verdad y Reconciliación de Sudáfrica, liderada por Tutu, dio prelación a los principios del perdón y la reconciliación, bajo el argumento de que en el proceso de deshumanizar al otro, quien perpetuaba la violencia también se había deshumanizado. De allí que el diálogo entre victimarios y víctimas —bajo lemas como “mi humanidad se entrelaza con la tuya”— se constituyó en el pilar de una justicia restaurativa que buscó restablecer la interconexión fluida que debía existir entre la “familia sudafricana”.

De forma similar, la cosmovisión andina brinda elementos que permiten pensar en la reconstrucción del tejido social de un país en conflicto. Según ésta, el objetivo de la vida es crear condiciones espirituales y materiales propicias para garantizar una existencia buena. “Vivir bien” significa estar en armonía con la Pachamama (madre tierra), en la que todos los seres vivos están interrelacionados. En el centro de esta visión está la idea de que la vida como un todo debe cuidarse, lo cual consiste en aprender a cuidar, dejarse cuidar y tratar a “otros” con respeto, igualdad, empatía y reciprocidad. Por ello el deterioro de la especie humana, como ocurre cuando hay guerra, es el de todos los seres vivos, ya que la complementariedad que debe existir en el universo se interrumpe.

Al contrario del humanismo occidental moderno, que reivindica los derechos y la justicia para los individuos, el que se manifiesta en el ubuntu y la cosmovisión andina es de carácter colectivo. La lección principal de estas dos visiones de mundo para los procesos de paz radica en la necesidad de reconocer la interdependencia que existe entre los seres humanos (y vivos). Sin pretender minimizar las atrocidades cometidas en la guerra, ni llegar al absurdo de sugerir que los victimarios también son víctimas, ambas establecen una obligación moral hacia el pedir, dar y recibir perdón como condición indispensable para el restablecimiento del equilibrio. Al mismo tiempo enfatizan valores como la tolerancia y la empatía, que permiten crear unidad en medio de la diversidad.

Más allá de firmar el papel de la paz, el verdadero reto que enfrenta Colombia es encontrar una lógica cultural como éstas —una paz con nombre propio—, que refuerce aquellos valores conducentes a la reconciliación, sin la cual la restauración social será imposible.

 

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