Por: Arturo Charria

Pequeño inventario de poesía útil

A Renson Said, poeta

Iván, uno de los protagonistas de la novela Operación Benjamin, solía cargar en su mochila un cuaderno verde, grande y gastado, de contabilidad. No lo hacía para anotar las cuentas de gastos propios o ajenos, sino para llevar un minucioso registro de lo que él consideraba “poesía útil”. Allí anotaba poemas de “amores no convencionales” que recitaban o leían sus amigos en los bares o en las cafeterías de la universidad, los versos que eran mencionados en las clases y también los que encontraba por su cuenta.

Pocos conocían el inventario de Iván, que no siempre estuvo en el mismo cuaderno contable. Los primeros poemas los transcribió en las últimas páginas de los cuadernos que usaba para las clases. Comenzó con un poema de Oliverio Girondo, lo hizo siguiendo las instrucciones de un profesor: “Si quieren escribir, deben comenzar imitando a los grandes escritores. Transcriban a Hemingway, a Goethe, a Martí. Escuchen a los estudiantes de música repitiendo notas de Bach y de Brahms; miren a los estudiantes de arte imitando el estilo de otros pintores. Tienen que conocer las formas”. Decía el profesor señalando la ventana vacía del edificio que daba hacia la ciudad.

Esa noche transcribió: “Mi Lu / Mi lubidulia / Mi golosidalove / Mi lu tan luz que me enlucielabisma”. Se trataba del dulce poema de Girondo, le gustaba pensar que podía aprenderlo de memoria y decirlo al oído de Alina Cor. Porque, claro, para Iván no se trataba exclusivamente de un asunto literario, sino que también lo veía como una transacción amorosa. Después vinieron otros poemas que consideraba “infalibles”: Casi obsceno de Raúl Gómez Jattin: “Si quisieras oír lo que me digo en la almohada / el rubor de tu rostro sería la recompensa” y el poema XIII de César Vallejo, cuyos últimos versos siempre repetía cuando caminaba sin compañía: “Oh, escándalo de miel de los crepúsculos. / Oh, estruendo mudo”.

Pero Iván, como muchos de sus compañeros de literatura, jugaba a parecerse en sus excentricidades a los escritores y a los personajes literarios que más admiraba. De ahí vino la idea de llevar su “inventario” en un cuaderno de contabilidad, de la imitación de otro escritor, tergiversando la recomendación del profesor que les hablaba de “imitar las formas”. Una tarde escuchó que León de Greiff se ganaba la vida como contador del Banco Central y que usaba los cuadernos contables para escribir sus poemas. Fascinado con la historia, esa misma tarde fue a comprar el cuaderno verde en el que llevaría su “pequeño inventario de poesía útil”.

Como homenaje al poeta vanguardista, decidió que el primer poema transcrito en su inventario debía ser de León de Greiff. Esa tarde faltó a clase y estuvo pasando las páginas de una antología del poeta antioqueño; los poemas que conocía de él no hablaban de amor: Tergiversaciones, Balada de los 13 panidas o Relato de Sergio Stepansky, sabía versos y estrofas completas, pero no eran de amor. Entonces encontró uno que le pareció oportuno y transcribió: “No te me vas que apenas te me llegas / leve ilusión de ensueño, densa, intensa flor viva”. Para su gusto resultaba demasiado “modernista”, pero consideró que era una forma de pagar por la idea que había tomado del poeta.

El “pequeño inventario de poesía útil” está en su totalidad como epílogo de la novela Operación Benjamin y tiene las valoraciones que Iván le hacía a cada poema, aprovechando la forma que ofrece la hoja contable. Como toda enumeración es imprecisa y arbitraria, el epílogo tiene casillas vacías para que el lector agregue sus poemas preferidos. Todos tenemos nuestro propio inventario de “poesía útil”, yo comenzaría el mío con los versos del cubano Luis Rogelio Nogueras: “Ayer he escrito un poema magnífico / lástima / lo he perdido no sé dónde / pero era estupendo”.

 

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