Perderlo todo

Noticias destacadas de Opinión

El hombre se ve agotado. Se sienta en el andén, entrecruza sus piernas y descuelga sus brazos con tal desgano que el poncho que trae sobre el hombro izquierdo casi cae al suelo. Inclina su cabeza al punto de tocar el pecho, fija su mirada en el suelo y el sombrero de fique que lleva impide ver con claridad la lágrima que acaba de derramar. Toma el poncho, se la limpia y dice: “Mija, yo ya no puedo más”. ¿Pero quién le pide que pueda con la vida si tres días atrás asesinaron a su hijo, un jornalero, y se lo dejaron tirado junto a otros en un matorral?

— Mija, yo ya no puedo más. Eso acaba con la vida de uno, uno no debe enterrar a los hijos, ellos lo deben enterrar a uno. Y por si fuera poco, ayer llegaron a la casa a decirme que escogiera pa quién iba a trabajar, como si uno trabajara pa’ alguno de ellos, que escogiera bien y no me hiciera matar. No, mija, yo ya no aguanto más, a mí todavía me queda la señora y la niña, yo me voy de acá.

La escena no es nueva, ocurrió hace dos años y fue un diálogo que sostuve con un campesino de Tarazá, municipio del Bajo Cauca antioqueño, días después de que alguien asesinara a su hijo en una masacre que dejó dos víctimas más. El hombre ya no vive en el Bajo Cauca, se desplazó a la periferia de Medellín, con su esposa y con su hija, y ahora vive en un barrio en el que “mandan los combos”. “Pero no es tan malo”, me dice, “si uno llega temprano y no se mete con ellos, ellos no le hacen nada a uno. Hay es que darles, eso sí, cinco mil pesos semanales por la seguridad”.

No regresó a la finca, ya no tiene tierra y ni siquiera piensa en volver a reclamarla. Un amigo le cuenta que a veces pasa y ve a “esa gente” ahí, dentro de su rancho en la zona rural de Tarazá. Perdió ese techo, unas gallinas y los cultivos de pancoger. Desde que llegó a Medellín no ha encontrado espacio laboral diferente a semáforos y obras de construcción. Está intentando reunir para comprar un “carrito de perros” pero “no es fácil ahorrar en la ciudad”: el hambre en la pandemia, a inicios de este año, lo hizo recurrir “al gota-gota” que, a diferencia de Bogotá, es un préstamo callejero de dinero que se obtiene sin requisitos y cuyo cobro se respalda con bandidos.

El fin de semana pasado ocurrieron dos masacres más en el país, una en Argelia (Cauca) y otra en Betania (Antioquia). Más de una docena de muertos en un solo día. ¿Pero alguien se ha preguntado qué pasa con los familiares de las víctimas de una masacre? ¿Cómo la sobreviven? ¿Cómo se recuperan? O les toca como a Don Carlos, nombre que voy a dar a mi amigo campesino de Tarazá: perderlo todo para salvar la vida. A veces las masacres no son sino el principio de todos los dramas.

Deberíamos ver más allá del número. Según Indepaz, 303 personas fueron asesinadas en 76 masacres durante el 2020. Acá encontramos la cifra, sí, pero si no dotamos el número de sentido no vamos a lograr que converse con nuestra realidad. Y solo obtendremos lo de siempre: el lamento pasajero de Twitter mientras los territorios rurales siguen bajo fuego y los campesinos siguen acumulando décadas perdiéndolo todo para poder respirar.

Comparte en redes: