Por: Esteban Carlos Mejía
Rabo de paja

Perra canequera saltatapias…

En plena Fiesta del Libro y la Cultura, mi amiga Isabel Barragán (enigmática beldad, utopía perpetua) se le escapa a Nano, su marido, para invitarme a comer coxinhas en un restaurantico brasileño en el Orquideorama del Jardín Botánico de Medellín. Nano se llama Laureano, ni más ni menos. Es ganadero de nueva generación. ¿Mafioso? No. Estudió Zootecnia en Louisiana y se dedica a la estabulación y la inseminación artificial. También es pinta (¡bebezote!), multimillonario y mandón.

Las coxinhas apenas son un pretexto. Isabel quiere hablar de un libro conmovedor: La perra, de Pilar Quintana, publicado en julio de 2017 por Literatura Random House. “Fíjate que remarqué la coma (,). Dije: La perra, de Pilar Quintana, y no la perra de Pilar Quintana, como dicen los envidiosos, machistas e ignorantes”. “Ajá”. “Es una novela (muy) breve, 108 páginas, distinta a esos mamotretos tuyos de 407 páginas. ¡Irresponsable!”. “Uno es lo que puede, no lo que quiere ser. Yo envidio con toda mi alma a los escritores de novelas breves. Algún día escribiré una de 100 páginas”. “Más te vale”, se frunce, mientras examina con recelo las coxinhas.

“Ah, las novelas breves”, agrega. “El viejo y el mar, del hoy abominado Ernest Hemingway. Crónica de una muerte anunciada, la mejor novela policíaca de este país escaso en literatura policíaca. Juego de niños, de Guido Tamayo, 137 páginas de confesiones irrevocables y crucigramas íntimos. Tienen un denominador común: la concisión narrativa”. “Obvio, son novelas breves…”, digo. Isabel me aniquila: “Te exagero para que entiendas”.

“La perra narra la historia de un fantasma y tres seres de carne y hueso”, sigue, condescendiente. “Damaris, Rogelio y la perra Chirli son las criaturas vivas. Nicolasito es el duende. Por esas vainas de la vida Damaris y Rogelio no pueden tener hijos, aunque lo intentan una y otra vez. Chirli, en cambio, tiene cachorros por montones... y los abandona sin compasión”. “Perra canequera saltatapias”, la insulto. “Tampoco. Tiene crías por naturaleza, no por cultura”. “¿Te volviste feminazi?”, pienso en voz alta, sin medir las consecuencias. Amenaza con levantarse de la mesa. “Cuando Damaris acepta que no puede ser mamá, se siente liberada y, a la vez, una vergüenza y una piltrafa, lo cual precipita el final…”. “¡Noooo!”, la freno antes de que meta la pata. “A los spoilers no los quiere ni la mamá”.

“Pilar Quintana escribió La perra con lenguaje descomplicado, selvático y preciso”, dice. “Al leerla es imposible no pensar en la punta del iceberg, desafío creativo del mentado Papa Hemingway. Lo que se lee es la punta de un iceberg. Debajo del texto navegan la esencia y la verdad. Además, en La perra todo está al servicio de la historia. ¡Me encantó! ¡Amo las novelas breves!”. “Sí, ya oí. A mí me gusta mucho El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, de Robert Louis Stevenson”, digo, no todo lo del pobre es robado. “Ahí viene Nano, disimula”, me previene, y yo, falso de toda falsedad, asumo una actitud casual. “Gracias a Dios este Laureano no es como el otro”, digo, y lo invito a coxinhas, oh, Brasil, Brasil, Brasil maravilhoso.

Rabito: “La imagen quedó grabada en la memoria de Damaris así: un niño blanco y alto frente al mar, a continuación el chorro blanco de la ola y luego nada, las peñas vacías sobre un mar verde que a lo lejos parecía tranquilo. Y ella ahí, junto a las arrieras, sin poder hacer nada”. La perra, 2017. Pilar Quintana.

@EstebanCarlosM

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