Por: Ramiro Bejarano Guzmán
Notas de buhardilla

Pésima semana

No acertó la revista Semana al decretar unilateralmente el arbitrario retiro de Daniel Coronell de sus páginas editoriales, pretendiendo resolver las inquietudes legítimas que planteó el reputado columnista sobre el episodio de la información que, a sabiendas, no divulgaron sobre el probable regreso de los “falsos positivos”. Fue una respuesta soberbia y descomedida con los miles de lectores que nos sentimos ultrajados por privarnos del placer de seguir los agudos artículos de Coronell.

El asunto no quedó resuelto. Hoy no ofrece credibilidad la explicación que Alejandro Santos dio para justificar por qué su revista no divulgó la información que tenía completa en su poder desde febrero. Según Santos, todo se debió a que los ágiles periodistas de The New York Times se adelantaron y, como se dice coloquialmente, chiviaron a Semana. No es creíble esa versión porque, de acuerdo con Las2Orillas, la no publicación estuvo presidida del lobby del Gobierno, ejercido sin ningún pudor ante el director de Semana por Jorge Mario Eastman (“el Tocayo”). Al escribir esta columna, no está claro si Eastman buscó a Santos o lo contrario, pero lo que sí es evidente, y no ha sido desmentido, es que sí se reunieron para tratar, entre otros temas, lo relacionado con el probable retorno de los “falsos positivos”.

Por supuesto que está bien que un periodista hable con el Gobierno cuando está preparando una noticia, pero lo que no puede ocurrir es que después de esa aproximación no se publique nada, que fue lo que aconteció en esta ocasión. Nada habría pasado si luefgo del encuentro entre “el Tocayo” y Santos, Semana hubiera entregado a sus lectores el trabajo que venía preparando, cosa que no ha hecho y ya no hará. El Gobierno cree que logró su cometido, pero a la larga no fue así, quedó tan mal como la propia revista.

Ya no es un secreto que varios funcionarios cabildean en medios mandando señales de inconformidad oficial con uno que otro columnista que no se les arrodilla y del que subliminalmente piden su cabeza. Es el estilo de la más feroz ultraderecha. Ya veremos si consiguen descabezar a sus críticos y ejecutar la purga periodística o masacre. Esta vez, por más que Semana se empeñe en minimizar el suceso, lo cierto es que dejó la sensación de que le hizo un favor al Gobierno que les resultó mal a ambos. En efecto, no se entiende cómo Alejandro Santos en conversación sostenida con Daniel Coronell antes de que se publicara la columna, según lo reveló en entrevista radial el columnista, le pidió suprimir del artículo la referencia a que asumiría las consecuencias de escribir esa nota, porque, a juicio del director de la revista, con él nunca las habría. Los hechos demostraron lo contrario pues sí las hubo y revelaron que el fundador de la revista sigue ejerciendo sus funciones, ahora con mano dura, desautorizando a Alejandro Santos y pasando por encima de la nueva presidenta.

La revista Semana lamentablemente comprometió su credibilidad e independencia, y ahora tiene más problemas por resolver que antes de echar a Coronell, pues tendrá que escoger como su reemplazo a alguien que tenga la misma valentía y vocación de denunciar asuntos relevantes para el interés y la moralidad públicos, pero que a diferencia del columnista sacrificado no se atreva a enjuiciar a la revista. Tarea nada fácil.

Lo peor de este bochornoso episodio es que va acentuándose el empeño del Gobierno de Uribe, presidido por Duque, de polarizar los medios entre quienes los aplauden y los que no renuncian a la independencia. Está claro que ni el Gobierno resiste la crítica —pues además persigue con sutilezas a sus críticos, como viene aconteciendo en más de un medio— ni Semana podrá negar que despidió al único columnista que se atrevió en público a criticarla. Y eso se llama censura. Esto es apenas el comienzo.

Adenda No. 1. Según la vicepresidenta, hay que darle seguridad a Santrich para que no lo maten, pero también para que no se escape. Es el talante de un régimen que espía más de lo que escolta.

Adenda No. 2. La sentencia de la Corte Constitucional que reconoció que sí se rechazaron en el Senado por mayoría las objeciones de Duque a la ley de la JEP silenció a los arrogantes mininterior, el comisionado de Guerra, el bachiller Macías, el huidizo Néstor Humberto y todos los demás charlatanes que pregonaban el triunfo.

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